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Villaseca es uno de esos pueblos que no necesitan proclamarse: basta con entrar en su ritmo para entender su sentido. La iglesia parroquial, dedicada a San Miguel Arcángel, con su emblemática espadaña de entrada y la torre donde el tiempo ha dejado más huella que el culto. Bajo su atrio, una hornacina vacía recuerda al patrón ausente como se recuerda a los que no se olvidan. La generosidad de los lugareños hizo que la valiosa talla que la ocupaba fuera en su día donada a un pueblo montañés que perdió su templo en la Guerra Civil.
Villaseca es uno de esos pueblos que no necesitan proclamarse: basta con entrar en su ritmo para entender su sentido. La iglesia parroquial, dedicada a San Miguel Arcángel, con su emblemática espadaña de entrada y la torre donde el tiempo ha dejado más huella que el culto. Bajo su atrio, una hornacina vacía recuerda al patrón ausente como se recuerda a los que no se olvidan. La generosidad de los lugareños hizo que la valiosa talla que la ocupaba fuera en su día donada a un pueblo montañés que perdió su templo en la Guerra Civil.
Hay pueblos que no parecen tener prisa por decir lo que son. Pueblos que no declaran su historia, sino que la dejan respirar. Así es Villaseca de la Sobarriba: una aldea que se alza suavemente sobre la tierra, sin imponerse, como si el páramo la acogiera más que sostenerla. Desde lejos no deslumbra, pero cuando uno entra en su compás —en su modo lento de estar—, percibe lo esencial: la continuidad. Nada aquí es abrupto. Ni siquiera el tiempo. En un extremo del altozano que ocupa tuvo su ermita el más añejo patrón local, Santo Tirso, levantada a su vez sobre antiguo castro prerromano.
El templo parroquial guarda la estructura del siglo XVI: nave única, cabecera elevada, atrio protector y torre cuadrangular que conserva aún en su cuerpo inferior restos de piedras sillares y tapial. Las campanas han llevado sus toques (recuperados los de “tentenube” en la festividad de Santa Brígida) a amplios ámbitos, formando parte de programas de divulgación en medios nacionales e integrándose en el proceso de reconocimiento del Patrimonio Inmaterial.
Dentro, el retablo mayor se despliega como un archivo de afectos. Cuatro lienzos firmados por el maestro Neira en 1830 narran, con trazos populares, episodios de la vida del santo. Uno de ellos —el milagro del monte Gárgano— se sitúa, no en el oriente remoto, sino aquí mismo, entre feligreses vestidos a la manera del XIX, acompañados por el pendón rojo de la Sobarriba. Ese pendón, aún conservado, data en su versión actual de 1904, pero su insignia metálica remonta a 1622 y su símbolo está ya documentado en las ordenanzas de la Hermandad de los Ayuntamientos del Voto.
La talla central de San Miguel, en madera policromada, preside el conjunto con mesura. A su alrededor, San Pedro y San Pablo, y sobre ellos, el Cordero Pascual en relieve. Las columnas estriadas y los capiteles corintios no buscan grandeza, pero dan armonía. Y en el zócalo del retablo, dos pinturas aún más antiguas —probablemente del siglo XV—muestran a Santo Armentero y Santa Brígida en un lado, y a Santa Marta y María Magdalena en el otro. Pintadas con delicadeza, conservan un aliento gótico que el barniz del tiempo no ha conseguido apagar del todo.
Tres retablos menores completan el espacio: uno dedicado a la Virgen del Rosario; otro a San Tirso (Santo Tirso, le dicen aquí), que remite a la antigua reseñada ermita donde hoy se alza el cementerio, sobre al castro; y un tercero, más arcaico, donde Dios Padre corona a San Roque y San Antonio con el Niño. No hay uniformidad estilística, pero sí una coherencia invisible: la del cuidado silencioso que los ha sostenido.
Villaseca no tiene escrita su historia solo en su templo. Al oeste del antiguo castro, del otro lado de la vaguada que surca un arroyo, en las Viñas de Valdefresno, se situaba el enclave de San Martino, del cual se recuperara en su día piedra de antiguo molino de mano. Al sur, el topónimo de la Viña del Abad recuerda la propiedad isidoriana que se estableció sobre un antiguo monasteruelo, San Juan de Villaseca, a su vez puesto en pie sobre antigua villa romana (Villaudala), en su día merecedora de un estudio académico, y de la que, entre otros interesantes restos, se conserva tégula plana con la huella de un perro impresa en el barro cocido; la “primera firma” de un poblador local. No es arte, ni símbolo, ni reliquia: es una pisada. Una de esas señales que cruzan los siglos sin querer hacerlo, y por eso mismo hablan con más fuerza.
La historia escrita confirma lo que el lugar sugiere. En el año 1002, Julián y Nunilo venden una viña a cambio de vino y un sueldo. En 1014, Cidi Proliniz hace lo mismo con las monjas María y Eldonza. Alfonso V, en 1017, dona el lugar entero con todos sus habitantes. Y en 1020, el obispo Nuño entrega al monasterio de San Juan de Villaseca sus tierras, aguas y pastos. A lo largo de los siglos —desde el majuelo del prado Gatón en 1171 hasta las rentas renunciadas por los canónigos en 1382— el nombre de Villaseca reaparece como una constante discreta, como una línea subterránea que atraviesa la historia sin elevar la voz.
El Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, da cuenta de un pueblo que vive más de lo que produce que de lo que declara. El cura, Benito Antonio Carmona, recibía dieciséis cargas de trigo y otras tantas de centeno, treinta cántaras de mosto y doce corderos. Había colmenas, un palomar, casas habitables y otras arruinadas. En 1835, según Madoz, el lugar contaba con cincuenta casas, una escuela frecuentada por veinte niños y una parroquia servida por un cura. Todo seguía en pie, no por gloria ni por ley, sino por cuidado.
Eso es Villaseca: una forma de fidelidad. A las cosas modestas. A las imágenes que ya no están. A las que resisten sin restaurar. A los santos vestidos como campesinos. Al barro que aún recuerda el paso de un perro hace mil años. Un lugar donde la historia no se grita, pero tampoco se calla. Simplemente, permanece.
Hay pueblos que no parecen tener prisa por decir lo que son. Pueblos que no declaran su historia, sino que la dejan respirar. Así es Villaseca de la Sobarriba: una aldea que se alza suavemente sobre la tierra, sin imponerse, como si el páramo la acogiera más que sostenerla. Desde lejos no deslumbra, pero cuando uno entra en su compás —en su modo lento de estar—, percibe lo esencial: la continuidad. Nada aquí es abrupto. Ni siquiera el tiempo. En un extremo del altozano que ocupa tuvo su ermita el más añejo patrón local, Santo Tirso, levantada a su vez sobre antiguo castro prerromano.
El templo parroquial guarda la estructura del siglo XVI: nave única, cabecera elevada, atrio protector y torre cuadrangular que conserva aún en su cuerpo inferior restos de piedras sillares y tapial. Las campanas han llevado sus toques (recuperados los de “tentenube” en la festividad de Santa Brígida) a amplios ámbitos, formando parte de programas de divulgación en medios nacionales e integrándose en el proceso de reconocimiento del Patrimonio Inmaterial.
Dentro, el retablo mayor se despliega como un archivo de afectos. Cuatro lienzos firmados por el maestro Neira en 1830 narran, con trazos populares, episodios de la vida del santo. Uno de ellos —el milagro del monte Gárgano— se sitúa, no en el oriente remoto, sino aquí mismo, entre feligreses vestidos a la manera del XIX, acompañados por el pendón rojo de la Sobarriba. Ese pendón, aún conservado, data en su versión actual de 1904, pero su insignia metálica remonta a 1622 y su símbolo está ya documentado en las ordenanzas de la Hermandad de los Ayuntamientos del Voto.
La talla central de San Miguel, en madera policromada, preside el conjunto con mesura. A su alrededor, San Pedro y San Pablo, y sobre ellos, el Cordero Pascual en relieve. Las columnas estriadas y los capiteles corintios no buscan grandeza, pero dan armonía. Y en el zócalo del retablo, dos pinturas aún más antiguas —probablemente del siglo XV—muestran a Santo Armentero y Santa Brígida en un lado, y a Santa Marta y María Magdalena en el otro. Pintadas con delicadeza, conservan un aliento gótico que el barniz del tiempo no ha conseguido apagar del todo.
Tres retablos menores completan el espacio: uno dedicado a la Virgen del Rosario; otro a San Tirso (Santo Tirso, le dicen aquí), que remite a la antigua reseñada ermita donde hoy se alza el cementerio, sobre al castro; y un tercero, más arcaico, donde Dios Padre corona a San Roque y San Antonio con el Niño. No hay uniformidad estilística, pero sí una coherencia invisible: la del cuidado silencioso que los ha sostenido.
Villaseca no tiene escrita su historia solo en su templo. Al oeste del antiguo castro, del otro lado de la vaguada que surca un arroyo, en las Viñas de Valdefresno, se situaba el enclave de San Martino, del cual se recuperara en su día piedra de antiguo molino de mano. Al sur, el topónimo de la Viña del Abad recuerda la propiedad isidoriana que se estableció sobre un antiguo monasteruelo, San Juan de Villaseca, a su vez puesto en pie sobre antigua villa romana (Villaudala), en su día merecedora de un estudio académico, y de la que, entre otros interesantes restos, se conserva tégula plana con la huella de un perro impresa en el barro cocido; la “primera firma” de un poblador local. No es arte, ni símbolo, ni reliquia: es una pisada. Una de esas señales que cruzan los siglos sin querer hacerlo, y por eso mismo hablan con más fuerza.
La historia escrita confirma lo que el lugar sugiere. En el año 1002, Julián y Nunilo venden una viña a cambio de vino y un sueldo. En 1014, Cidi Proliniz hace lo mismo con las monjas María y Eldonza. Alfonso V, en 1017, dona el lugar entero con todos sus habitantes. Y en 1020, el obispo Nuño entrega al monasterio de San Juan de Villaseca sus tierras, aguas y pastos. A lo largo de los siglos —desde el majuelo del prado Gatón en 1171 hasta las rentas renunciadas por los canónigos en 1382— el nombre de Villaseca reaparece como una constante discreta, como una línea subterránea que atraviesa la historia sin elevar la voz.
El Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, da cuenta de un pueblo que vive más de lo que produce que de lo que declara. El cura, Benito Antonio Carmona, recibía dieciséis cargas de trigo y otras tantas de centeno, treinta cántaras de mosto y doce corderos. Había colmenas, un palomar, casas habitables y otras arruinadas. En 1835, según Madoz, el lugar contaba con cincuenta casas, una escuela frecuentada por veinte niños y una parroquia servida por un cura. Todo seguía en pie, no por gloria ni por ley, sino por cuidado.
Eso es Villaseca: una forma de fidelidad. A las cosas modestas. A las imágenes que ya no están. A las que resisten sin restaurar. A los santos vestidos como campesinos. Al barro que aún recuerda el paso de un perro hace mil años. Un lugar donde la historia no se grita, pero tampoco se calla. Simplemente, permanece.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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