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Uno llega, mira a su alrededor, y comprende —sin necesidad de explicación— que Villalboñe ha dejado que ciertas cosas se desmoronen. La vieja iglesia, por ejemplo, ya no está entera, ni cerca, ni viva. Se alza —o más bien se deshace— a cuatrocientos metros del pueblo, como si nunca hubiese querido estar del todo en el centro, como si siempre hubiese sabido que su destino era ser ruina antes que refugio. La nave de adobe, vencida por la lluvia y las estaciones, ha cedido sin estruendo. Solo la torre permanece, no con altivez, sino con una dignidad que no necesita testigos: planta cuadrada, tres cuerpos —los dos primeros de piedra, el último de ladrillo—. Durante siglos, estuvo ahí sin llamar la atención, como parte del horizonte. Se trata de una construcción datada en la transición de los siglos XVI al XVII, aunque es probable que su historia se remonte a muchos siglos atrás. Dicen que dicen, y cuando digo dicen que dicen es que es leyenda, que la torre sirvió como vigía de lo que acaecía en los alrededores, llegando incluso su mirada a la famosa Lancia.
Durante años nadie la miró dos veces. Y, sin embargo, en 2022, alguien —quizá más fiel al tiempo que a la utilidad— decidió restaurarla, al menos en parte. Fue la Junta Vecinal, con ayuda del Ayuntamiento de Valdefresno y del Instituto Leonés de Cultura, los que dieron el primer paso. No para que volviera a ser lo que fue, sino para que no dejara de ser del todo. Para que al menos la torre, ese dedo levantado hacia un cielo, no desapareciera sin dejar marca.
Ya en 1084, un documento menciona el pueblo: “entre Coviellas y Villalboñe”, como si solo existiera por su vecindad con otros pueblos. Pero existía. Y cuando en 1152 Alfonso VIII concedió estas tierras a Pelayo Tabladelo, y Fernando II ratificó la donación en torno a 1200, lo hizo reconociendo un asentamiento ya consolidado, entre el Porma y el Torío, donde la vida se tejía sin urgencias. Incluso en 1235, cuando se registra el pago de un morabetino por una heredad, y cuando Didacus Martini y doña Marina Fernandi legan sus posesiones, ya Villalboñe era un nombre que dejaba rastro en la escritura.
Abajo, más cerca de la vida diaria, está la iglesia nueva, construida en los años setenta del siglo XX. Acoge las campanas del templo antiguo, algunas maderas rescatadas, y poco más. No tiene retablos que recordar ni imágenes que hablen. Es funcional, honesta, sin alma visible. Como si aceptara con serenidad que el espíritu del lugar se quedó allá arriba, entre las piedras caídas, entre los muros vencidos que aún miran.
Y entre la torre y el presente, más antigua que todo eso, más fiel incluso que el culto, está la fuente romana. Construida sin firma, sin gloria, sigue manando agua como lo ha hecho siempre. Nunca fue monumento. Fue y es necesidad, y eso la ha salvado. Es tal vez el testigo más antiguo de lo que este lugar ha sido: una comunidad que no necesitó adornarse, porque supo permanecer. Una aldea que entendió que el legado no está en lo visible, sino en lo que aún funciona.
El tiempo no la ha borrado del todo. En 1277, María Fernández, esposa de un caballero de Sanabria, aún mandaba legar su heredad en Villalboñe a Santa María de Regla, como si fuera importante que quedara en buenas manos. En el Catastro del Marqués de la Ensenada (1753–1754), Villalboñe figura como realengo de León, exento de pagos por foro, con quince vecinos y un maestro herrero, Manuel Fuertes, que ganaba su sustento entre la fragua y el campo. Las colmenas, los jornales, los corderos y hasta los utensilios aparecen valorados con precisión, pero la fuente —esa que no cotiza— ya estaba allí. Igual que ahora.
En 1835, según el Madoz, el pueblo contaba con 22 casas y 140 almas. Tenía escuela, tres fuentes buenas y un clima frío pero sano. Producía granos, legumbres y algo de fruta, criaba ganado, y tenía caminos humildes pero seguros, que conectaban con Represa, Villafeliz y Carbajosa, como si dijeran: estamos lejos, pero no aislados.
Así es Villalboñe: no se protege del olvido mediante placas ni discursos. Deja que las cosas hablen, aun cuando ya no puedan sostenerse. Y mientras la torre apunta sin fe al cielo, y la iglesia nueva hace lo que puede, la fuente sigue dando agua, como si no hubiese pasado un solo día.
Uno llega, mira a su alrededor, y comprende —sin necesidad de explicación— que Villalboñe ha dejado que ciertas cosas se desmoronen. La vieja iglesia, por ejemplo, ya no está entera, ni cerca, ni viva. Se alza —o más bien se deshace— a cuatrocientos metros del pueblo, como si nunca hubiese querido estar del todo en el centro, como si siempre hubiese sabido que su destino era ser ruina antes que refugio. La nave de adobe, vencida por la lluvia y las estaciones, ha cedido sin estruendo. Solo la torre permanece, no con altivez, sino con una dignidad que no necesita testigos: planta cuadrada, tres cuerpos —los dos primeros de piedra, el último de ladrillo—. Durante siglos, estuvo ahí sin llamar la atención, como parte del horizonte. Se trata de una construcción datada en la transición de los siglos XVI al XVII, aunque es probable que su historia se remonte a muchos siglos atrás. Dicen que dicen, y cuando digo dicen que dicen es que es leyenda, que la torre sirvió como vigía de lo que acaecía en los alrededores, llegando incluso su mirada a la famosa Lancia.
Durante años nadie la miró dos veces. Y, sin embargo, en 2022, alguien —quizá más fiel al tiempo que a la utilidad— decidió restaurarla, al menos en parte. Fue la Junta Vecinal, con ayuda del Ayuntamiento de Valdefresno y del Instituto Leonés de Cultura, los que dieron el primer paso. No para que volviera a ser lo que fue, sino para que no dejara de ser del todo. Para que al menos la torre, ese dedo levantado hacia un cielo, no desapareciera sin dejar marca.
Ya en 1084, un documento menciona el pueblo: “entre Coviellas y Villalboñe”, como si solo existiera por su vecindad con otros pueblos. Pero existía. Y cuando en 1152 Alfonso VIII concedió estas tierras a Pelayo Tabladelo, y Fernando II ratificó la donación en torno a 1200, lo hizo reconociendo un asentamiento ya consolidado, entre el Porma y el Torío, donde la vida se tejía sin urgencias. Incluso en 1235, cuando se registra el pago de un morabetino por una heredad, y cuando Didacus Martini y doña Marina Fernandi legan sus posesiones, ya Villalboñe era un nombre que dejaba rastro en la escritura.
Abajo, más cerca de la vida diaria, está la iglesia nueva, construida en los años setenta del siglo XX. Acoge las campanas del templo antiguo, algunas maderas rescatadas, y poco más. No tiene retablos que recordar ni imágenes que hablen. Es funcional, honesta, sin alma visible. Como si aceptara con serenidad que el espíritu del lugar se quedó allá arriba, entre las piedras caídas, entre los muros vencidos que aún miran.
Y entre la torre y el presente, más antigua que todo eso, más fiel incluso que el culto, está la fuente romana. Construida sin firma, sin gloria, sigue manando agua como lo ha hecho siempre. Nunca fue monumento. Fue y es necesidad, y eso la ha salvado. Es tal vez el testigo más antiguo de lo que este lugar ha sido: una comunidad que no necesitó adornarse, porque supo permanecer. Una aldea que entendió que el legado no está en lo visible, sino en lo que aún funciona.
El tiempo no la ha borrado del todo. En 1277, María Fernández, esposa de un caballero de Sanabria, aún mandaba legar su heredad en Villalboñe a Santa María de Regla, como si fuera importante que quedara en buenas manos. En el Catastro del Marqués de la Ensenada (1753–1754), Villalboñe figura como realengo de León, exento de pagos por foro, con quince vecinos y un maestro herrero, Manuel Fuertes, que ganaba su sustento entre la fragua y el campo. Las colmenas, los jornales, los corderos y hasta los utensilios aparecen valorados con precisión, pero la fuente —esa que no cotiza— ya estaba allí. Igual que ahora.
En 1835, según el Madoz, el pueblo contaba con 22 casas y 140 almas. Tenía escuela, tres fuentes buenas y un clima frío pero sano. Producía granos, legumbres y algo de fruta, criaba ganado, y tenía caminos humildes pero seguros, que conectaban con Represa, Villafeliz y Carbajosa, como si dijeran: estamos lejos, pero no aislados.
Así es Villalboñe: no se protege del olvido mediante placas ni discursos. Deja que las cosas hablen, aun cuando ya no puedan sostenerse. Y mientras la torre apunta sin fe al cielo, y la iglesia nueva hace lo que puede, la fuente sigue dando agua, como si no hubiese pasado un solo día.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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