Villacil

Ecos de lo sagrado en la penumbra del templo
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Documentado desde el siglo X, Villacil —bajo nombres diversos— ha sido testigo de donaciones, pleitos y vida comunitaria. En 1120, sus propios vecinos entregaron su iglesia a Santa María de León. En 1753, el Catastro del Marqués de la Ensenada refleja su humilde economía agrícola, y en 1835, Madoz confirma su persistencia tranquila.

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Documentado desde el siglo X, Villacil —bajo nombres diversos— ha sido testigo de donaciones, pleitos y vida comunitaria. En 1120, sus propios vecinos entregaron su iglesia a Santa María de León. En 1753, el Catastro del Marqués de la Ensenada refleja su humilde economía agrícola, y en 1835, Madoz confirma su persistencia tranquila.

Villacil

Ecos de lo sagrado en la penumbra del templo

A veces es una imagen la que parece no encajar, y sin embargo dice más que todas las demás. En Villacil, un lugar que no se nombra si no se conoce, hay una figura que desconcierta. No es la más antigua ni la mejor conservada, ni siquiera la más venerada. Pero está ahí. Un Jesús adolescente —no el Niño Dios ni el Cristo adulto de la Pasión, sino algo entre ambos— sostiene la bola del mundo en la mano izquierda y alza la derecha en gesto de bendición, como si no supiera aún muy bien qué hacer con tanto poder. Su rostro es desproporcionado, su expresión, casi traviesa. Hay algo irreverente en su postura, como si aún no se hubiera resignado a ser del todo divino. Es, probablemente sin pretenderlo, la imagen más humana del templo. La más imperfecta. La más viva.

trazo gris web

Desde ese gesto, uno empieza a entender lo que Villacil guarda, o mejor dicho, conserva. No lo hace con alardes ni con monumentalidad. Su iglesia —discreta como todo en La Sobarriba— es un espacio donde lo sagrado no impone, simplemente está. Y permanece, como el campo que no se cultiva ya pero tampoco se abandona.


El altar mayor acoge un retablo renacentista cuyas tablas pintadas sobreviven con una dignidad herida. Relatan escenas de la Pasión: el huerto, el beso, la caída, el descendimiento. La pintura está dañada, y sin embargo, en su fragilidad hay una elocuencia que las obras perfectas no siempre alcanzan. En el centro, un Salvador con restos de estofado aún preside. Bajo él, un sagrario policromado, con un Calvario entre San Pedro y San Pablo, ha sido repintado con torpeza, como si el intento de restaurarlo hubiera querido salvarlo sin comprenderlo. El resultado es un barniz que oculta más de lo que revela.


Más arriba, como un eco del cielo, el sobreático guarda una pequeña Virgen en hornacina, mientras el techo deja ver aún fragmentos del artesonado mudéjar original, quizá obra del siglo XV, cuando estas decoraciones eran expresión silenciosa de la memoria morisca. Quedan piezas, vigas, quizás nombres que nadie ya recuerda. Entre ellas, la garrocha del monumento del Jueves Santo, esa vara antigua que sostenía el peso de la liturgia en los días de Pascua. Hoy parece insignificante, pero un día sostuvo toda la solemnidad del pueblo.

Frente a ese retablo, en un lateral, San Pedro ad Víncula vigila, aún encadenado, en una estructura barroca más robusta que bella. Su presencia es severa, y su policromía, aunque apagada, sigue dando luz al gesto inmóvil del apóstol. Cerca de él, sobre una de esas mesas rococó que proliferan por la comarca, un San Antonio tosco, de líneas simples y alma sincera, sonríe sin sonrisa. Es la clase de escultura que se reza sin admirar, pero que se recuerda cuando ya no se está allí.


Y entonces, casi sin querer, uno acaba frente a la Virgen gótica de finales del siglo XIII, guardada en una hornacina acristalada, como si el vidrio pudiera protegerla del tiempo. De apenas sesenta centímetros, tallada en madera policromada, tiene aún algo de románica: rigidez, severidad, hieratismo. Pero también hay dulzura en su trono, y solemnidad en su silencio. Su pequeño retablo, con columnas estriadas y capiteles corintios, le da el marco que la historia le negó. Aquí no preside: acompaña. Es una madre que ya no espera ser vista, pero no deja de estar.

Villacil no siempre aparece en los documentos como uno esperaría. A lo largo de los siglos, se menciona como «Villa Eziti», «Villa Ceid», «Villa Cidi», o «Villa Ablacet», lo que ha llevado a más de un error de identificación. Sin embargo, algunos textos ofrecen anclajes firmes: en el año 984, el rey Vermudo II incluye a Villacil en una donación junto con Paradilla y Villa Gatón, dejando constancia de su existencia entre las tierras regadas por la Fonte Genestales. Y en 1116, Diego, obispo de León, reconoce una ración eclesiástica en Villacete, nombre que con toda probabilidad ya señala a esta localidad de la Sobarriba.


En 1120, diez vecinos —Petrus Cristofoliz, Martinus Petriz, Froila Domenquiz y otros cuyos apellidos parecen todavía resonar entre los campos— entregan a la Iglesia de Santa María de León la pequeña parroquia que ellos mismos habían construido sobre su heredad. No es una cesión menor: es el gesto de una comunidad que se piensa a sí misma como parte de algo más amplio. Que da lo propio porque lo considera común.

Y si a todo esto le sumamos lo que el Catastro del Marqués de la Ensenada registró entre 1753 y 1754 —los palomares, los tejedores, los 8 vecinos y sus rendimientos, los diezmos percibidos por la catedral de León— entendemos que Villacil no ha sido sólo un nombre, sino un organismo que ha respirado por siglos con sus propios ritmos. En 1835, Madoz lo retrata como un pueblo humilde, de apenas 7 casas y 29 almas, anexo de Arcahueja, situado en un valle silencioso donde aún se cría ganado y se reza sin orgullo.


Todo esto, lo dicho y lo que se calla, configura en Villacil un inventario de fe que no busca imponerse. Ni por estilo, ni por riqueza, ni por singularidad. Sólo por permanencia. Aquí, lo sagrado no brilla, resiste. Como resiste el agua en los pozos, o la raíz bajo la tierra. Como resiste la imagen de un Dios adolescente que aún no ha aprendido a serlo.

Villacil

Ecos de lo sagrado en la penumbra del templo

A veces es una imagen la que parece no encajar, y sin embargo dice más que todas las demás. En Villacil, un lugar que no se nombra si no se conoce, hay una figura que desconcierta. No es la más antigua ni la mejor conservada, ni siquiera la más venerada. Pero está ahí. Un Jesús adolescente —no el Niño Dios ni el Cristo adulto de la Pasión, sino algo entre ambos— sostiene la bola del mundo en la mano izquierda y alza la derecha en gesto de bendición, como si no supiera aún muy bien qué hacer con tanto poder. Su rostro es desproporcionado, su expresión, casi traviesa. Hay algo irreverente en su postura, como si aún no se hubiera resignado a ser del todo divino. Es, probablemente sin pretenderlo, la imagen más humana del templo. La más imperfecta. La más viva.

trazo gris web

Desde ese gesto, uno empieza a entender lo que Villacil guarda, o mejor dicho, conserva. No lo hace con alardes ni con monumentalidad. Su iglesia —discreta como todo en La Sobarriba— es un espacio donde lo sagrado no impone, simplemente está. Y permanece, como el campo que no se cultiva ya pero tampoco se abandona.

El altar mayor acoge un retablo renacentista cuyas tablas pintadas sobreviven con una dignidad herida. Relatan escenas de la Pasión: el huerto, el beso, la caída, el descendimiento. La pintura está dañada, y sin embargo, en su fragilidad hay una elocuencia que las obras perfectas no siempre alcanzan. En el centro, un Salvador con restos de estofado aún preside. Bajo él, un sagrario policromado, con un Calvario entre San Pedro y San Pablo, ha sido repintado con torpeza, como si el intento de restaurarlo hubiera querido salvarlo sin comprenderlo. El resultado es un barniz que oculta más de lo que revela.

Más arriba, como un eco del cielo, el sobreático guarda una pequeña Virgen en hornacina, mientras el techo deja ver aún fragmentos del artesonado mudéjar original, quizá obra del siglo XV, cuando estas decoraciones eran expresión silenciosa de la memoria morisca. Quedan piezas, vigas, quizás nombres que nadie ya recuerda. Entre ellas, la garrocha del monumento del Jueves Santo, esa vara antigua que sostenía el peso de la liturgia en los días de Pascua. Hoy parece insignificante, pero un día sostuvo toda la solemnidad del pueblo.

Frente a ese retablo, en un lateral, San Pedro ad Víncula vigila, aún encadenado, en una estructura barroca más robusta que bella. Su presencia es severa, y su policromía, aunque apagada, sigue dando luz al gesto inmóvil del apóstol. Cerca de él, sobre una de esas mesas rococó que proliferan por la comarca, un San Antonio tosco, de líneas simples y alma sincera, sonríe sin sonrisa. Es la clase de escultura que se reza sin admirar, pero que se recuerda cuando ya no se está allí.

Y entonces, casi sin querer, uno acaba frente a la Virgen gótica de finales del siglo XIII, guardada en una hornacina acristalada, como si el vidrio pudiera protegerla del tiempo. De apenas sesenta centímetros, tallada en madera policromada, tiene aún algo de románica: rigidez, severidad, hieratismo. Pero también hay dulzura en su trono, y solemnidad en su silencio. Su pequeño retablo, con columnas estriadas y capiteles corintios, le da el marco que la historia le negó. Aquí no preside: acompaña. Es una madre que ya no espera ser vista, pero no deja de estar.

Villacil no siempre aparece en los documentos como uno esperaría. A lo largo de los siglos, se menciona como «Villa Eziti», «Villa Ceid», «Villa Cidi», o «Villa Ablacet», lo que ha llevado a más de un error de identificación. Sin embargo, algunos textos ofrecen anclajes firmes: en el año 984, el rey Vermudo II incluye a Villacil en una donación junto con Paradilla y Villa Gatón, dejando constancia de su existencia entre las tierras regadas por la Fonte Genestales. Y en 1116, Diego, obispo de León, reconoce una ración eclesiástica en Villacete, nombre que con toda probabilidad ya señala a esta localidad de la Sobarriba.

En 1120, diez vecinos —Petrus Cristofoliz, Martinus Petriz, Froila Domenquiz y otros cuyos apellidos parecen todavía resonar entre los campos— entregan a la Iglesia de Santa María de León la pequeña parroquia que ellos mismos habían construido sobre su heredad. No es una cesión menor: es el gesto de una comunidad que se piensa a sí misma como parte de algo más amplio. Que da lo propio porque lo considera común.

Y si a todo esto le sumamos lo que el Catastro del Marqués de la Ensenada registró entre 1753 y 1754 —los palomares, los tejedores, los 8 vecinos y sus rendimientos, los diezmos percibidos por la catedral de León— entendemos que Villacil no ha sido sólo un nombre, sino un organismo que ha respirado por siglos con sus propios ritmos. En 1835, Madoz lo retrata como un pueblo humilde, de apenas 7 casas y 29 almas, anexo de Arcahueja, situado en un valle silencioso donde aún se cría ganado y se reza sin orgullo.

Todo esto, lo dicho y lo que se calla, configura en Villacil un inventario de fe que no busca imponerse. Ni por estilo, ni por riqueza, ni por singularidad. Sólo por permanencia. Aquí, lo sagrado no brilla, resiste. Como resiste el agua en los pozos, o la raíz bajo la tierra. Como resiste la imagen de un Dios adolescente que aún no ha aprendido a serlo.

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Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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