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Santovenia del Monte, situada en altura sobre la llanura leonesa, es uno de esos pueblos que no buscan llamar la atención, pero que se graban por su quietud y su dignidad discreta. Su historia documentada se remonta al siglo XII, con fueros, donaciones y testimonios que revelan una comunidad modesta, pero firme.
Santovenia del Monte, situada en altura sobre la llanura leonesa, es uno de esos pueblos que no buscan llamar la atención, pero que se graban por su quietud y su dignidad discreta. Su historia documentada se remonta al siglo XII, con fueros, donaciones y testimonios que revelan una comunidad modesta, pero firme.
Desde allá arriba —porque Santovenia del Monte no está simplemente situada, sino que más bien parece suspendida, como si el relieve no la acogiera del todo sino que la tolerase a regañadientes—, se tiene la impresión de que todo lo demás ocurre abajo, como si este lugar hubiese elegido, desde siempre, no tanto el aislamiento como la observación. Hay pueblos que se defienden con muros, otros con distancias, y Santovenia parece haberse defendido siempre con altura. No para dominar, sino para mirar sin participar, para decir “yo también soy”, sin necesidad de intervenir.
Ya en el año 1165, Menendo, abad de San Isidoro de León, concedía fuero a sus moradores, asegurándoles pan de trigo, vino de San Facundo y libertad para marcharse sin tributo ni herencia impuesta. Ese documento —al que no se alude con claridad pero que parece dirigido a este lugar— incluye advertencias y maldiciones: que nadie rompa este acuerdo, so pena de ser condenado junto a Judas en el infierno. ¿Era Santovenia entonces una promesa? ¿Un refugio bajo palabra sagrada?
Más adelante, en 1369, un canónigo de nombre Juan Martínez de Raga donaba al Cabildo de León unas casas en esta misma localidad, y ya en 1396, las rentas de la villa —heredades, viñas, prados, molinos— eran administradas por arrendatarios que juraban fidelidad a cambio de no mucho: 70 maravedíes, en un mundo donde el grano era moneda y el vino testimonio. Se cita a Pedro Texerina y a Catalina Fernández, entre otros vecinos, como testigos y partes en un litigio que revela otra verdad: en Santovenia, todo es humilde, pero nada es indiferente.
La iglesia, como tantas de la comarca, no destaca por su tamaño, ni por su traza, ni por su campanario. Destaca por su manera de estar: sin imponerse, sin competir con el cielo ni estorbar al paisaje. Dentro, una penumbra que no es oscura sino hospitalaria, envuelve lo poco que se muestra. Una Virgen románica del siglo XIII, de apenas setenta y un centímetros, sedente, hierática, sin caricia ni sonrisa, mantiene su lugar con esa dignidad inalterable que sólo poseen las imágenes verdaderamente antiguas. La maternidad, en ella, no es afecto sino destino. No mira al Niño, ni al fiel. Mira al tiempo. Y lo soporta.
Junto a ella, como si fuesen viejos compañeros que ya no se hablan pero no pueden separarse, se alinean Santa Águeda, con sus pechos ofrecidos en bandeja —símbolo terrible, pero sin piedad fingida— y San Juan Bautista, con el Cordero y el Evangelio. Están repintados, probablemente por manos bienintencionadas y torpes. Lo que en otros lugares sería una pérdida, aquí parece una forma más de resistencia: lo estropeado también conserva, también subsiste.
Y luego está él: San Roque, de pie, dorado, estofado, con su herida visible y el perro fiel lamiéndola sin dramatismo. Es una imagen barroca, sí, pero de esas que no buscan deslumbrar, sino consolar. Un santo de pestes y caminos, de hospitalidad y escasez, que en Santovenia tiene rostro de vecino.
En el Catastro del Marqués de la Ensenada, levantado entre 1753 y 1754, se cuenta que el cura Manuel de las Bacas recibía dos tercios de los diezmos; que había tres palomares, una tejera que trabajaba Joseph de Otero por cuatro reales diarios, y hasta 102 colmenas, de las que veinte eran propiedad de Domingo Morán, vecino de Villafeliz. Veintiún vecinos y tres viudas componían entonces la aldea, con treinta casas y jornales a dos reales diarios, alimento incluido. Una economía pequeña, pero exacta. Una vida medida en detalles.
Incluso en 1835, según Madoz, la iglesia —dedicada a San Juan Bautista— seguía viva, servida por un cura de presentación vecinal, y el pueblo contaba con 22 vecinos y 98 almas, que vivían entre cultivos, lino, pastos y ganado menor. Ningún acontecimiento memorable, ningún hito nacional. Y, sin embargo, todo lo necesario para seguir existiendo sin ruido.
No es mucho. O sí. Porque el arte aquí no se mide en retablos ni en vitrales. Se mide en presencias. En la manera en que una escultura permanece sin molestar. En la forma en que la fe se calla sin desaparecer. Incluso los documentos antiguos —esas rentas arrendadas, esas menciones de prados, molinos, pleitos por siegas— parecen confirmar una constante: nada aquí se afirma con violencia, pero todo persiste.
Santovenia no enseña, pero observa. No se impone, pero resiste. Como esa Virgen sentada que lleva siglos sin moverse, sin alterarse, sin mirar. Y que, sin mirar, lo ha visto todo.
Desde allá arriba —porque Santovenia del Monte no está simplemente situada, sino que más bien parece suspendida, como si el relieve no la acogiera del todo sino que la tolerase a regañadientes—, se tiene la impresión de que todo lo demás ocurre abajo, como si este lugar hubiese elegido, desde siempre, no tanto el aislamiento como la observación. Hay pueblos que se defienden con muros, otros con distancias, y Santovenia parece haberse defendido siempre con altura. No para dominar, sino para mirar sin participar, para decir “yo también soy”, sin necesidad de intervenir.
Ya en el año 1165, Menendo, abad de San Isidoro de León, concedía fuero a sus moradores, asegurándoles pan de trigo, vino de San Facundo y libertad para marcharse sin tributo ni herencia impuesta. Ese documento —al que no se alude con claridad pero que parece dirigido a este lugar— incluye advertencias y maldiciones: que nadie rompa este acuerdo, so pena de ser condenado junto a Judas en el infierno. ¿Era Santovenia entonces una promesa? ¿Un refugio bajo palabra sagrada?
Más adelante, en 1369, un canónigo de nombre Juan Martínez de Raga donaba al Cabildo de León unas casas en esta misma localidad, y ya en 1396, las rentas de la villa —heredades, viñas, prados, molinos— eran administradas por arrendatarios que juraban fidelidad a cambio de no mucho: 70 maravedíes, en un mundo donde el grano era moneda y el vino testimonio. Se cita a Pedro Texerina y a Catalina Fernández, entre otros vecinos, como testigos y partes en un litigio que revela otra verdad: en Santovenia, todo es humilde, pero nada es indiferente.
La iglesia, como tantas de la comarca, no destaca por su tamaño, ni por su traza, ni por su campanario. Destaca por su manera de estar: sin imponerse, sin competir con el cielo ni estorbar al paisaje. Dentro, una penumbra que no es oscura sino hospitalaria, envuelve lo poco que se muestra. Una Virgen románica del siglo XIII, de apenas setenta y un centímetros, sedente, hierática, sin caricia ni sonrisa, mantiene su lugar con esa dignidad inalterable que sólo poseen las imágenes verdaderamente antiguas. La maternidad, en ella, no es afecto sino destino. No mira al Niño, ni al fiel. Mira al tiempo. Y lo soporta.
Junto a ella, como si fuesen viejos compañeros que ya no se hablan pero no pueden separarse, se alinean Santa Águeda, con sus pechos ofrecidos en bandeja —símbolo terrible, pero sin piedad fingida— y San Juan Bautista, con el Cordero y el Evangelio. Están repintados, probablemente por manos bienintencionadas y torpes. Lo que en otros lugares sería una pérdida, aquí parece una forma más de resistencia: lo estropeado también conserva, también subsiste.
Y luego está él: San Roque, de pie, dorado, estofado, con su herida visible y el perro fiel lamiéndola sin dramatismo. Es una imagen barroca, sí, pero de esas que no buscan deslumbrar, sino consolar. Un santo de pestes y caminos, de hospitalidad y escasez, que en Santovenia tiene rostro de vecino.
En el Catastro del Marqués de la Ensenada, levantado entre 1753 y 1754, se cuenta que el cura Manuel de las Bacas recibía dos tercios de los diezmos; que había tres palomares, una tejera que trabajaba Joseph de Otero por cuatro reales diarios, y hasta 102 colmenas, de las que veinte eran propiedad de Domingo Morán, vecino de Villafeliz. Veintiún vecinos y tres viudas componían entonces la aldea, con treinta casas y jornales a dos reales diarios, alimento incluido. Una economía pequeña, pero exacta. Una vida medida en detalles.
Incluso en 1835, según Madoz, la iglesia —dedicada a San Juan Bautista— seguía viva, servida por un cura de presentación vecinal, y el pueblo contaba con 22 vecinos y 98 almas, que vivían entre cultivos, lino, pastos y ganado menor. Ningún acontecimiento memorable, ningún hito nacional. Y, sin embargo, todo lo necesario para seguir existiendo sin ruido.
No es mucho. O sí. Porque el arte aquí no se mide en retablos ni en vitrales. Se mide en presencias. En la manera en que una escultura permanece sin molestar. En la forma en que la fe se calla sin desaparecer. Incluso los documentos antiguos —esas rentas arrendadas, esas menciones de prados, molinos, pleitos por siegas— parecen confirmar una constante: nada aquí se afirma con violencia, pero todo persiste.
Santovenia no enseña, pero observa. No se impone, pero resiste. Como esa Virgen sentada que lleva siglos sin moverse, sin alterarse, sin mirar. Y que, sin mirar, lo ha visto todo.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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