La Torre de Villalboñe

La torre que resiste
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La torre de Villalboñe lleva tanto tiempo en pie que resulta difícil imaginar un paisaje sin ella. No destaca por imponencia ni por gesto heroico: su planta cuadrada, sus tres cuerpos —dos de piedra, uno de ladrillo— y su escala contenida hacen que se integre con naturalidad en el entorno, como lo hacen los caminos antiguos, las lomas suaves o los márgenes del valle. Durante siglos fue una presencia constante.

Torre de Villalboñe

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La torre de Villalboñe lleva tanto tiempo en pie que resulta difícil imaginar un paisaje sin ella. No destaca por imponencia ni por gesto heroico: su planta cuadrada, sus tres cuerpos —dos de piedra, uno de ladrillo— y su escala contenida hacen que se integre con naturalidad en el entorno, como lo hacen los caminos antiguos, las lomas suaves o los márgenes del valle. Durante siglos fue una presencia constante.

Torre de Villalboñe

La torre que resiste
La construcción que hoy vemos se fecha entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, pero la torre conservada es muy probable que corresponda a una estructura de origen medieval, ya que se conserva en capas inferiores un núcleo primitivo de tapial y una antigua puerta, en una posición diferente a la actual. Este fenómeno de continuidad funcional sin continuidad constructiva es ampliamente conocido en el noroeste peninsular: la Edad Media hereda y reutiliza los esquemas territoriales romanos, levantando nuevas estructuras defensivas, señoriales o simbólicas sobre enclaves cuya importancia estratégica había sido establecida siglos antes. La posterior transformación de la torre en campanario de la iglesia, así como la permanencia del espacio como lugar sacralizado y cementerio, refuerzan el carácter del enclave como hito territorial y simbólico, con una ocupación prolongada y resignificada a lo largo del tiempo.
trazo gris web

Existe una tradición que atribuye a la torre funciones de vigilancia y que sostiene que desde ella se alcanzaba a divisar la antigua ciudad romana de Lancia. No hay pruebas arqueológicas que lo confirmen, pero tampoco resulta una hipótesis gratuita si se observa con atención el territorio.

La torre se sitúa en un punto elevado que domina visualmente el valle medio del río Porma y el corredor natural que articula la comunicación entre la Meseta y la montaña oriental leonesa. Es un espacio de suaves lomas y terrazas fluviales, propicio desde antiguo tanto para el tránsito como para el asentamiento humano continuado. Nada en su ubicación responde al azar: forma parte de una lógica territorial amplia, basada en el control visual, los pasos naturales y la articulación del espacio.

El principal referente histórico del entorno es Lancia, identificada con el yacimiento de El Castro, en Villasabariego, uno de los núcleos urbanos más relevantes del noroeste peninsular en época prerromana y romana. Las fuentes clásicas sitúan aquí uno de los episodios decisivos de las guerras astur-cántabras, con la toma de la ciudad en el año 25 a. C. A su alrededor, la investigación arqueológica ha documentado una densa red de enclaves militares romanos, entre los que destaca el gran campamento de Villacete, con más de 28 hectáreas de extensión, descubierto mediante técnicas de teledetección y vinculado a operaciones militares de gran escala.

La proximidad entre Lancia y Villacete permite interpretar este sector del valle del Porma como un espacio intensamente organizado y vigilado en época romana. Caminos, campamentos, pasos fluviales y puntos elevados de observación formaban parte de una red pensada para administrar el territorio, controlar recursos y asegurar el tránsito. Roma no actuaba mediante puntos aislados, sino a través de sistemas jerarquizados e interconectados.

En ese contexto, no resulta difícil imaginar que en Villalboñe existiera ya en época romana algún tipo de atalaya elemental, quizá una estructura ligera de madera o tierra, hoy completamente desaparecida. Este tipo de instalaciones —speculae o puestos de observación secundaria— rara vez dejan huellas arqueológicas visibles, pero respondían a una lógica estratégica bien conocida. El paisaje, en estos casos, conserva mejor la memoria que los documentos.

Junto a los enclaves militares, los pasos fluviales desempeñaban un papel esencial. El entorno de La Barca–Puente Villarente ha sido históricamente un punto clave para el cruce del Porma, concentrando caminos e infraestructuras desde época romana hasta la actualidad. La persistencia de este paso como nodo territorial refuerza la idea de una organización del espacio basada en continuidades largas, más allá de los cambios políticos o constructivos.

La torre de Villalboñe se sitúa precisamente en una posición intermedia entre Lancia, el campamento de Villacete y este paso fluvial. Desde su emplazamiento es posible ejercer un control visual efectivo del corredor natural, del espacio agrícola y de las rutas de tránsito. Aunque no se conserven restos romanos directos en el lugar, su localización responde plenamente a esa lógica antigua de dominio visual del territorio.

A ello se suma la presencia tradicional de fuentes de posible origen romano en el entorno, incluida una en el propio término de Villalboñe, lo que refuerza la idea de una ocupación y explotación continuada del espacio, con especial atención a los recursos hídricos como elementos vertebradores del poblamiento.

Este fenómeno de continuidad funcional sin continuidad constructiva es ampliamente conocido en el noroeste peninsular: la Edad Media hereda y reutiliza los esquemas territoriales romanos, levantando nuevas estructuras defensivas, señoriales o simbólicas sobre enclaves cuya importancia estratégica había sido establecida siglos antes.

La posterior transformación de la torre en campanario de la iglesia, así como la permanencia del espacio como lugar sacralizado y cementerio, refuerzan el carácter del enclave como hito territorial y simbólico, con una ocupación prolongada y resignificada a lo largo del tiempo. No solo vigiló: también llamó, señaló, congregó. Cambió de función, pero no de significado profundo.

El topónimo del lugar, “Los Quintos”, aplicado tradicionalmente al entorno inmediato de la torre, añade una capa más a esta lectura de continuidad. Frecuente en la toponimia histórica de Castilla y León, suele relacionarse con repartos de tierras comunales o con la organización agraria medieval y moderna. Aunque no pueda vincularse directamente con época romana, resulta significativo que nombre un espacio topográficamente singular y estratégicamente destacado, reforzando la idea de una valoración persistente del lugar a lo largo del tiempo, más allá de los cambios de nombre o de uso.

Durante siglos, la torre dejó de ser observada y pasó a formar parte del fondo cotidiano. No fue destruida ni transformada de forma agresiva: simplemente permaneció. Su olvido fue tranquilo. En 2022, la Junta Vecinal, con el apoyo del Ayuntamiento de Valdefresno y del Instituto Leonés de Cultura, impulsó una intervención respetuosa que evitó su deterioro definitivo y la devolvió a la conciencia colectiva.

Esa restauración no solo consolidó un edificio; también invitó a pensar su pasado, no solo el documentado, sino ese otro más difuso que no puede demostrarse, pero tampoco descartarse. El pasado romano aquí no es una certeza arqueológica, sino una atmósfera hecha de caminos, nombres, ruinas cercanas y posiciones dominantes.

Hoy, quien se detiene ante la torre puede verla simplemente como una construcción restaurada o permitir que el pensamiento se extienda hacia ese horizonte más amplio. Quizá ese sea su verdadero valor: no lo que afirma, sino lo que sugiere.

Torre de Villalboñe

La torre que resiste
La construcción que hoy vemos se fecha entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, pero la torre conservada es muy probable que corresponda a una estructura de origen medieval, ya que se conserva en capas inferiores un núcleo primitivo de tapial y una antigua puerta, en una posición diferente a la actual. Este fenómeno de continuidad funcional sin continuidad constructiva es ampliamente conocido en el noroeste peninsular: la Edad Media hereda y reutiliza los esquemas territoriales romanos, levantando nuevas estructuras defensivas, señoriales o simbólicas sobre enclaves cuya importancia estratégica había sido establecida siglos antes. La posterior transformación de la torre en campanario de la iglesia, así como la permanencia del espacio como lugar sacralizado y cementerio, refuerzan el carácter del enclave como hito territorial y simbólico, con una ocupación prolongada y resignificada a lo largo del tiempo.
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Existe una tradición que atribuye a la torre funciones de vigilancia y que sostiene que desde ella se alcanzaba a divisar la antigua ciudad romana de Lancia. No hay pruebas arqueológicas que lo confirmen, pero tampoco resulta una hipótesis gratuita si se observa con atención el territorio.

La torre se sitúa en un punto elevado que domina visualmente el valle medio del río Porma y el corredor natural que articula la comunicación entre la Meseta y la montaña oriental leonesa. Es un espacio de suaves lomas y terrazas fluviales, propicio desde antiguo tanto para el tránsito como para el asentamiento humano continuado. Nada en su ubicación responde al azar: forma parte de una lógica territorial amplia, basada en el control visual, los pasos naturales y la articulación del espacio.

El principal referente histórico del entorno es Lancia, identificada con el yacimiento de El Castro, en Villasabariego, uno de los núcleos urbanos más relevantes del noroeste peninsular en época prerromana y romana. Las fuentes clásicas sitúan aquí uno de los episodios decisivos de las guerras astur-cántabras, con la toma de la ciudad en el año 25 a. C. A su alrededor, la investigación arqueológica ha documentado una densa red de enclaves militares romanos, entre los que destaca el gran campamento de Villacete, con más de 28 hectáreas de extensión, descubierto mediante técnicas de teledetección y vinculado a operaciones militares de gran escala.

La proximidad entre Lancia y Villacete permite interpretar este sector del valle del Porma como un espacio intensamente organizado y vigilado en época romana. Caminos, campamentos, pasos fluviales y puntos elevados de observación formaban parte de una red pensada para administrar el territorio, controlar recursos y asegurar el tránsito. Roma no actuaba mediante puntos aislados, sino a través de sistemas jerarquizados e interconectados.

En ese contexto, no resulta difícil imaginar que en Villalboñe existiera ya en época romana algún tipo de atalaya elemental, quizá una estructura ligera de madera o tierra, hoy completamente desaparecida. Este tipo de instalaciones —speculae o puestos de observación secundaria— rara vez dejan huellas arqueológicas visibles, pero respondían a una lógica estratégica bien conocida. El paisaje, en estos casos, conserva mejor la memoria que los documentos.

Junto a los enclaves militares, los pasos fluviales desempeñaban un papel esencial. El entorno de La Barca–Puente Villarente ha sido históricamente un punto clave para el cruce del Porma, concentrando caminos e infraestructuras desde época romana hasta la actualidad. La persistencia de este paso como nodo territorial refuerza la idea de una organización del espacio basada en continuidades largas, más allá de los cambios políticos o constructivos.

La torre de Villalboñe se sitúa precisamente en una posición intermedia entre Lancia, el campamento de Villacete y este paso fluvial. Desde su emplazamiento es posible ejercer un control visual efectivo del corredor natural, del espacio agrícola y de las rutas de tránsito. Aunque no se conserven restos romanos directos en el lugar, su localización responde plenamente a esa lógica antigua de dominio visual del territorio.

A ello se suma la presencia tradicional de fuentes de posible origen romano en el entorno, incluida una en el propio término de Villalboñe, lo que refuerza la idea de una ocupación y explotación continuada del espacio, con especial atención a los recursos hídricos como elementos vertebradores del poblamiento.

Este fenómeno de continuidad funcional sin continuidad constructiva es ampliamente conocido en el noroeste peninsular: la Edad Media hereda y reutiliza los esquemas territoriales romanos, levantando nuevas estructuras defensivas, señoriales o simbólicas sobre enclaves cuya importancia estratégica había sido establecida siglos antes.

La posterior transformación de la torre en campanario de la iglesia, así como la permanencia del espacio como lugar sacralizado y cementerio, refuerzan el carácter del enclave como hito territorial y simbólico, con una ocupación prolongada y resignificada a lo largo del tiempo. No solo vigiló: también llamó, señaló, congregó. Cambió de función, pero no de significado profundo.

El topónimo del lugar, “Los Quintos”, aplicado tradicionalmente al entorno inmediato de la torre, añade una capa más a esta lectura de continuidad. Frecuente en la toponimia histórica de Castilla y León, suele relacionarse con repartos de tierras comunales o con la organización agraria medieval y moderna. Aunque no pueda vincularse directamente con época romana, resulta significativo que nombre un espacio topográficamente singular y estratégicamente destacado, reforzando la idea de una valoración persistente del lugar a lo largo del tiempo, más allá de los cambios de nombre o de uso.

Durante siglos, la torre dejó de ser observada y pasó a formar parte del fondo cotidiano. No fue destruida ni transformada de forma agresiva: simplemente permaneció. Su olvido fue tranquilo. En 2022, la Junta Vecinal, con el apoyo del Ayuntamiento de Valdefresno y del Instituto Leonés de Cultura, impulsó una intervención respetuosa que evitó su deterioro definitivo y la devolvió a la conciencia colectiva.

Esa restauración no solo consolidó un edificio; también invitó a pensar su pasado, no solo el documentado, sino ese otro más difuso que no puede demostrarse, pero tampoco descartarse. El pasado romano aquí no es una certeza arqueológica, sino una atmósfera hecha de caminos, nombres, ruinas cercanas y posiciones dominantes.

Hoy, quien se detiene ante la torre puede verla simplemente como una construcción restaurada o permitir que el pensamiento se extienda hacia ese horizonte más amplio. Quizá ese sea su verdadero valor: no lo que afirma, sino lo que sugiere.

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Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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