Villafeliz de la Sobarriba

Retablo de indulgencias y memoria
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Documentado desde 1097, el pueblo fue escenario de donaciones reales, litigios agrarios y un detallado sistema de tributos que perduró durante siglos. El Catastro del Marqués de la Ensenada (1753) y el Diccionario de Madoz (1835) dibujan una comunidad modesta, de casas, colmenas, herreros y tabernas, sostenida por el trabajo diario y una espiritualidad discreta.

Villafeliz de la Sobarriba

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Documentado desde 1097, el pueblo fue escenario de donaciones reales, litigios agrarios y un detallado sistema de tributos que perduró durante siglos. El Catastro del Marqués de la Ensenada (1753) y el Diccionario de Madoz (1835) dibujan una comunidad modesta, de casas, colmenas, herreros y tabernas, sostenida por el trabajo diario y una espiritualidad discreta.

Villafeliz de la Sobarriba

Retablo de indulgencias y memoria

En medio de un paisaje que no grita, sino que murmura, Villafeliz de la Sobarriba se alza sin alardes, oculto entre ondulaciones suaves y caminos que parecen no llevar a ningún lugar urgente. Desde fuera, es apenas un nombre entre tantos: una aldea de apenas unas casas, una iglesia modesta, un susurro en la vasta llanura leonesa. Y sin embargo, en su interior late una historia acumulada, densa, que se manifiesta no en monumentos, sino en gestos, en imágenes, en retablos que han sobrevivido tanto como han sido heridos.

trazo gris web

El templo parroquial, fiel al canon sobrio del siglo XVI, es de una sola nave, con atrio protector y cabecera recta. Su interior alberga un retablo mayor de cinco calles y dos cuerpos, una obra barroca que no busca impresionar, sino envolver. No hay aquí grandilocuencia, sino un fervor contenido: un ejemplo de churrigueresco rural donde la ornamentación multiplica las formas hasta convertirlas en murmullo. En el centro, un Cristo Yacente descansa sobre un sudario blanco con esa calma que no es ausencia, sino certeza. Bajo él, una inscripción tallada recuerda la indulgencia de 40 días concedida por el obispo Alfonso Fernández de Pantoja a quien rezase un Credo ante esta imagen.

San Roque corona la calle central del cuerpo superior, con su herida expuesta y su perro fiel, portador de pan. No es solo el santo de la peste, sino del peregrino y del que espera curación. Más abajo, una Inmaculada de madera policromada parece flotar, ajena al peso de la estructura. Sus estofados aún resplandecen bajo la luz tenue del templo, y su presencia encarna algo más que el dogma: la delicadeza espiritual de un pueblo que ha contemplado más de lo que ha dicho.

Pero el retablo también guarda cicatrices. Dos de sus tablas —las de San Martín y San Ramón Nonato— fueron repintadas sin permiso ni registro hacia 1937, en plena guerra civil. Pinceladas modernas, torpes, ajenas al conjunto, las cubrieron quizá por protección, quizá por devoción sin técnica. No se sabe quién lo hizo ni por qué, pero esas manos anónimas también dejaron su rastro de fe: la que no sabe, pero ama. La que actúa por temor a que el olvido sea peor que el error.

Lo que se ve es apenas una capa de lo que ha sido. Villafeliz está documentado al menos desde el 19 de enero de 1097, cuando Bravolio Gutiérrez vendió heredades en esta zona («Villa Felici»). En 1192, Alfonso IX donó por privilegio real la mitad de la villa a San Isidoro, lo que permite suponer que la otra mitad ya pertenecía al templo. De entre los textos más antiguos que lo mencionan con detalle está el memorial de fueros de 1313 a 1324, donde se fijan pagos, ofrendas, tributos y derechos entre barrios. Las gallinas, los maravedís, los dineros… Todo estaba pautado como si cada acto agrícola y cada fiesta religiosa fueran también una forma de ordenar el mundo.

En 1472, los vecinos del pueblo, junto con los de Santovenia del Monte, fueron condenados a no entrometerse en las tierras y panes de los arrendatarios del Deán y Cabildo de León. El fallo cita nombres: Pedro Texerina, Catalina Fernández, Ruy González, Gonzalo Fernández… Cada uno una vida, un rostro, una herencia.

El Catastro del Marqués de la Ensenada, cuyas pesquisas comenzaron el 15 de abril de 1753, detalla con precisión casi doméstica la economía local. Un buey valía 150 reales, una vaca 100. Había treinta y cinco colmenas repartidas entre vecinos como Isidro Castro, Pedro Diego o María Fernández, viuda. El herrero, Bartola Martínez, cobraba dos reales diarios. Se pagaban 321 reales en alcabalas, y había una taberna que rendía 250 reales anuales. Todo era registro, pero también retrato: una sociedad humilde, autosuficiente, aferrada a su ritmo.

En 1835, Madoz nos ofrece una última estampa: 22 casas, una iglesia parroquial dedicada a San Fabián y San Sebastián, dos fuentes de buenas aguas, un clima frío, expuesto a calenturas. La tierra, de mediana calidad. Se cultivaban granos, lino, hortalizas. Se criaba ganado, se cazaban liebres y perdices. Veinte vecinos, ochenta y cuatro almas. Y, como siempre, el silencio de los que no figuran pero lo sostienen todo.

Así es Villafeliz: un lugar donde la fe no se impone, resiste. Donde cada imagen, cada documento, cada tributo medieval, es también un acto de permanencia. Y donde aún hoy, si uno entra en la iglesia y se detiene ante ese Cristo Yacente, puede que sienta no solo la calma, sino también la promesa de una historia que nunca ha dejado de latir, aunque nadie la reclame.

Villafeliz de la Sobarriba

Retablo de indulgencias y memoria

En medio de un paisaje que no grita, sino que murmura, Villafeliz de la Sobarriba se alza sin alardes, oculto entre ondulaciones suaves y caminos que parecen no llevar a ningún lugar urgente. Desde fuera, es apenas un nombre entre tantos: una aldea de apenas unas casas, una iglesia modesta, un susurro en la vasta llanura leonesa. Y sin embargo, en su interior late una historia acumulada, densa, que se manifiesta no en monumentos, sino en gestos, en imágenes, en retablos que han sobrevivido tanto como han sido heridos.

trazo gris web

El templo parroquial, fiel al canon sobrio del siglo XVI, es de una sola nave, con atrio protector y cabecera recta. Su interior alberga un retablo mayor de cinco calles y dos cuerpos, una obra barroca que no busca impresionar, sino envolver. No hay aquí grandilocuencia, sino un fervor contenido: un ejemplo de churrigueresco rural donde la ornamentación multiplica las formas hasta convertirlas en murmullo. En el centro, un Cristo Yacente descansa sobre un sudario blanco con esa calma que no es ausencia, sino certeza. Bajo él, una inscripción tallada recuerda la indulgencia de 40 días concedida por el obispo Alfonso Fernández de Pantoja a quien rezase un Credo ante esta imagen.

San Roque corona la calle central del cuerpo superior, con su herida expuesta y su perro fiel, portador de pan. No es solo el santo de la peste, sino del peregrino y del que espera curación. Más abajo, una Inmaculada de madera policromada parece flotar, ajena al peso de la estructura. Sus estofados aún resplandecen bajo la luz tenue del templo, y su presencia encarna algo más que el dogma: la delicadeza espiritual de un pueblo que ha contemplado más de lo que ha dicho.

Pero el retablo también guarda cicatrices. Dos de sus tablas —las de San Martín y San Ramón Nonato— fueron repintadas sin permiso ni registro hacia 1937, en plena guerra civil. Pinceladas modernas, torpes, ajenas al conjunto, las cubrieron quizá por protección, quizá por devoción sin técnica. No se sabe quién lo hizo ni por qué, pero esas manos anónimas también dejaron su rastro de fe: la que no sabe, pero ama. La que actúa por temor a que el olvido sea peor que el error.

Lo que se ve es apenas una capa de lo que ha sido. Villafeliz está documentado al menos desde el 19 de enero de 1097, cuando Bravolio Gutiérrez vendió heredades en esta zona («Villa Felici»). En 1192, Alfonso IX donó por privilegio real la mitad de la villa a San Isidoro, lo que permite suponer que la otra mitad ya pertenecía al templo. De entre los textos más antiguos que lo mencionan con detalle está el memorial de fueros de 1313 a 1324, donde se fijan pagos, ofrendas, tributos y derechos entre barrios. Las gallinas, los maravedís, los dineros… Todo estaba pautado como si cada acto agrícola y cada fiesta religiosa fueran también una forma de ordenar el mundo.

En 1472, los vecinos del pueblo, junto con los de Santovenia del Monte, fueron condenados a no entrometerse en las tierras y panes de los arrendatarios del Deán y Cabildo de León. El fallo cita nombres: Pedro Texerina, Catalina Fernández, Ruy González, Gonzalo Fernández… Cada uno una vida, un rostro, una herencia.

El Catastro del Marqués de la Ensenada, cuyas pesquisas comenzaron el 15 de abril de 1753, detalla con precisión casi doméstica la economía local. Un buey valía 150 reales, una vaca 100. Había treinta y cinco colmenas repartidas entre vecinos como Isidro Castro, Pedro Diego o María Fernández, viuda. El herrero, Bartola Martínez, cobraba dos reales diarios. Se pagaban 321 reales en alcabalas, y había una taberna que rendía 250 reales anuales. Todo era registro, pero también retrato: una sociedad humilde, autosuficiente, aferrada a su ritmo.

En 1835, Madoz nos ofrece una última estampa: 22 casas, una iglesia parroquial dedicada a San Fabián y San Sebastián, dos fuentes de buenas aguas, un clima frío, expuesto a calenturas. La tierra, de mediana calidad. Se cultivaban granos, lino, hortalizas. Se criaba ganado, se cazaban liebres y perdices. Veinte vecinos, ochenta y cuatro almas. Y, como siempre, el silencio de los que no figuran pero lo sostienen todo.

Así es Villafeliz: un lugar donde la fe no se impone, resiste. Donde cada imagen, cada documento, cada tributo medieval, es también un acto de permanencia. Y donde aún hoy, si uno entra en la iglesia y se detiene ante ese Cristo Yacente, puede que sienta no solo la calma, sino también la promesa de una historia que nunca ha dejado de latir, aunque nadie la reclame.

Mapa circular La Sobarriba

Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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