Valdelafuente

Memoria entre aguas y caminos
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Ya en el año 970, la villa era citada en donaciones reales, y a lo largo de los siglos fue testigo de intercambios, viñas, caminos y vínculos con monasterios como el de Sahagún o el de Santa María de Carbajal. Por su ubicación, Valdelafuente fue punto de tránsito en el Camino de Santiago desde época medieval, aunque hoy esa ruta apenas se insinúe.

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Ya en el año 970, la villa era citada en donaciones reales, y a lo largo de los siglos fue testigo de intercambios, viñas, caminos y vínculos con monasterios como el de Sahagún o el de Santa María de Carbajal. Por su ubicación, Valdelafuente fue punto de tránsito en el Camino de Santiago desde época medieval, aunque hoy esa ruta apenas se insinúe.

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Ya en el año 970, la villa era citada en donaciones reales, y a lo largo de los siglos fue testigo de intercambios, viñas, caminos y vínculos con monasterios como el de Sahagún o el de Santa María de Carbajal. Por su ubicación, Valdelafuente fue punto de tránsito en el Camino de Santiago desde época medieval, aunque hoy esa ruta apenas se insinúe.

Valdelafuente

Memoria entre aguas y caminos

Lo que uno ve hoy, al llegar, no concuerda del todo con lo que el nombre insinúa. Hay naves industriales, asfalto reciente, urbanizaciones sin alma y una actividad que parece haber surgido de golpe, como si alguien hubiera querido imponerle modernidad a un lugar que hasta hace poco no sabía muy bien si quería el futuro. El polígono, uno de los más importantes del municipio, marca ahora el ritmo, y las casas nuevas, como brotes apresurados, han hecho retroceder al campo, al silencio, al pasado. Y, sin embargo, algo permanece. Bajo ese ruido leve de desarrollo, sigue manando una fuente. Y eso, en Valdelafuente, no es una metáfora.

trazo gris web

Porque el pueblo, pese a lo que aparenta, es más antiguo que su asfalto y más antiguo incluso que su iglesia. Ya en el año 970, la infanta doña Elvira incluía Valdelafonte entre las villas donadas al monasterio de Sahagún, y medio siglo después, en 1025, el presbítero Justo donaba a Santa María de León una viña comprada allí a Flora. Desde entonces, el agua de Valdelafuente no ha dejado de correr. En 1173, un documento describe una heredad junto a la “via que discurrit a Uilla Nuova”, lindando con casas, nombres, huellas. Todo ello en un lugar que no era solo agrícola: era ya entonces punto de paso, de intercambio, de tránsito.

Esa fuente discreta que aún brota junto al templo fue, en cierto modo, lo que dio sentido al nombre y al asentamiento. Los monjes lo sabían, y lo anotaron. Y con el tiempo, esa conciencia se convirtió en costumbre. En 1181, el arcipreste Martino Dominichi vendía tierras en Val de la Fonte, y al año siguiente, otra escritura testifica la donación de una viña ad pratellum —»hacia el prado»— a la casa hospital de San Lázaro. Hay en estas transacciones algo más que economía: hay una geografía espiritual que se fue tejiendo entre parcelas y nacientes.

Hoy, de aquel patrimonio medieval queda poco. La iglesia, reformada, aún conserva esa quietud rural que no necesita adornos para imponerse. En su interior, una imagen barroca de San Juan Bautista, patrono del pueblo, preside el espacio con una serenidad que no reclama atención. Pero la joya —la verdadera— es la que falta: una Virgen gótica, del siglo XIII o inicios del XIV, trasladada hace tiempo al Museo Catedralicio de León. Mide apenas 79 centímetros y, sin embargo, conserva en su madera lo que ni los siglos ni las vitrinas han podido borrar: un tránsito sutil del románico al gótico, como un temblor de dulzura en una escultura que no quiso ser grandiosa, sino íntima.

Desde el norte, casi sin notarse, llega el Camino de Santiago. La traza es tenue, apenas visible para el ojo que no sabe mirar, pero está ahí. Desde el siglo XIII, cuando se consolidó la Ruta Calixtina, Valdelafuente ha sido testigo mudo de ese flujo de pasos, plegarias y barro. La historia escrita habla de capellanías fundadas con herencias del pueblo —como la de Johan González en 1301—, o de testamentos, como el de Gonzalo Fernández, arcediano de Oviedo, que en 1245 lega lo que tenía en Valdelafuente al monasterio de Santa María de Carbajal. El lugar aparece una y otra vez: no por lo que ostenta, sino por lo que sostiene.

En el siglo XVIII, el Catastro del Marqués de la Ensenada confirma lo que la historia insinúa: un pueblo pequeño —apenas diez vecinos y 22 casas en 1753—, pero con colmenas, palomares, viñas, un cura que percibía enteramente los diezmos y que pagaba con dos cargas de trigo a la iglesia de San Martín de León. La fuente seguía ahí, fluyendo, como una constancia en mitad de los cambios. Y sigue hoy, entre muros que no saben si son ruina o testigo.

Por eso, cuando uno llega a Valdelafuente, el nombre no engaña. Solo se disimula. Bajo el hormigón, entre las urbanizaciones recientes, late aún el agua que lo nombró todo. La fuente murmura. Y en ese murmullo —más antiguo que los polígonos, más persistente que el olvido— sobrevive la verdadera voz del pueblo.

Valdelafuente

Memoria entre aguas y caminos

Lo que uno ve hoy, al llegar, no concuerda del todo con lo que el nombre insinúa. Hay naves industriales, asfalto reciente, urbanizaciones sin alma y una actividad que parece haber surgido de golpe, como si alguien hubiera querido imponerle modernidad a un lugar que hasta hace poco no sabía muy bien si quería el futuro. El polígono, uno de los más importantes del municipio, marca ahora el ritmo, y las casas nuevas, como brotes apresurados, han hecho retroceder al campo, al silencio, al pasado. Y, sin embargo, algo permanece. Bajo ese ruido leve de desarrollo, sigue manando una fuente. Y eso, en Valdelafuente, no es una metáfora.

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Porque el pueblo, pese a lo que aparenta, es más antiguo que su asfalto y más antiguo incluso que su iglesia. Ya en el año 970, la infanta doña Elvira incluía Valdelafonte entre las villas donadas al monasterio de Sahagún, y medio siglo después, en 1025, el presbítero Justo donaba a Santa María de León una viña comprada allí a Flora. Desde entonces, el agua de Valdelafuente no ha dejado de correr. En 1173, un documento describe una heredad junto a la “via que discurrit a Uilla Nuova”, lindando con casas, nombres, huellas. Todo ello en un lugar que no era solo agrícola: era ya entonces punto de paso, de intercambio, de tránsito.

Esa fuente discreta que aún brota junto al templo fue, en cierto modo, lo que dio sentido al nombre y al asentamiento. Los monjes lo sabían, y lo anotaron. Y con el tiempo, esa conciencia se convirtió en costumbre. En 1181, el arcipreste Martino Dominichi vendía tierras en Val de la Fonte, y al año siguiente, otra escritura testifica la donación de una viña ad pratellum —»hacia el prado»— a la casa hospital de San Lázaro. Hay en estas transacciones algo más que economía: hay una geografía espiritual que se fue tejiendo entre parcelas y nacientes.

Hoy, de aquel patrimonio medieval queda poco. La iglesia, reformada, aún conserva esa quietud rural que no necesita adornos para imponerse. En su interior, una imagen barroca de San Juan Bautista, patrono del pueblo, preside el espacio con una serenidad que no reclama atención. Pero la joya —la verdadera— es la que falta: una Virgen gótica, del siglo XIII o inicios del XIV, trasladada hace tiempo al Museo Catedralicio de León. Mide apenas 79 centímetros y, sin embargo, conserva en su madera lo que ni los siglos ni las vitrinas han podido borrar: un tránsito sutil del románico al gótico, como un temblor de dulzura en una escultura que no quiso ser grandiosa, sino íntima.

Desde el norte, casi sin notarse, llega el Camino de Santiago. La traza es tenue, apenas visible para el ojo que no sabe mirar, pero está ahí. Desde el siglo XIII, cuando se consolidó la Ruta Calixtina, Valdelafuente ha sido testigo mudo de ese flujo de pasos, plegarias y barro. La historia escrita habla de capellanías fundadas con herencias del pueblo —como la de Johan González en 1301—, o de testamentos, como el de Gonzalo Fernández, arcediano de Oviedo, que en 1245 lega lo que tenía en Valdelafuente al monasterio de Santa María de Carbajal. El lugar aparece una y otra vez: no por lo que ostenta, sino por lo que sostiene.

En el siglo XVIII, el Catastro del Marqués de la Ensenada confirma lo que la historia insinúa: un pueblo pequeño —apenas diez vecinos y 22 casas en 1753—, pero con colmenas, palomares, viñas, un cura que percibía enteramente los diezmos y que pagaba con dos cargas de trigo a la iglesia de San Martín de León. La fuente seguía ahí, fluyendo, como una constancia en mitad de los cambios. Y sigue hoy, entre muros que no saben si son ruina o testigo.

Por eso, cuando uno llega a Valdelafuente, el nombre no engaña. Solo se disimula. Bajo el hormigón, entre las urbanizaciones recientes, late aún el agua que lo nombró todo. La fuente murmura. Y en ese murmullo —más antiguo que los polígonos, más persistente que el olvido— sobrevive la verdadera voz del pueblo.

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Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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