Tendal

Memoria entre tejados de uralita
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Ya en el año 906, Tendal aparecía en documentos reales. A lo largo de los siglos, su nombre se repite en donaciones, testamentos y catastros. En 1753 contaba con colmenas, corderos y un palomar inactivo. En 1835, ochenta almas, un arroyo cercano y la misma iglesia que hoy —con desgastes y fidelidad— sigue de pie. Tendal no se ofrece. Permanece. Y en esa persistencia callada radica su belleza.

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Ya en el año 906, Tendal aparecía en documentos reales. A lo largo de los siglos, su nombre se repite en donaciones, testamentos y catastros. En 1753 contaba con colmenas, corderos y un palomar inactivo. En 1835, ochenta almas, un arroyo cercano y la misma iglesia que hoy —con desgastes y fidelidad— sigue de pie. Tendal no se ofrece. Permanece. Y en esa persistencia callada radica su belleza.

Tendal

Memoria entre tejados de uralita

Hay lugares que no han sido nunca escenario de nada memorable, pero en los que, sin embargo, ocurre lo esencial: seguir estando. Tendal no se alza, no proclama, no deslumbra. Guarda, a su manera, un heroísmo diminuto: dos vecinos heridos por defender una imagen. Y es ese gesto, apenas recordado, lo que da sentido a todo lo demás. Porque a veces basta con no marcharse. Con seguir rezando a solas. Con no olvidar del todo.

trazo gris web

No salvaron una ciudad ni una reliquia famosa. Pero sangraron por una imagen. Eso cuenta una lápida, resguardada bajo un pequeño atrio en una iglesia de uralita, en Tendal, que no es exactamente un pueblo, sino algo más modesto aún: un pliegue habitado en el páramo, un lugar al que no se llega por destino, sino por deriva. La piedra, colocada allí sin épica, recuerda que en 1964, dos vecinos resultaron heridos al intentar salvar el patrimonio artístico del templo. No hay más detalles. No se indica qué obra exacta, ni qué se evitó que ardiera o se perdiera. Pero ese gesto, casi anónimo, contiene más grandeza —dirían algunos— que muchas cúpulas doradas. Y quizá, si uno observa con cuidado, encuentre aún en el interior del templo las huellas de aquel esfuerzo callado.

Porque dentro hay madera, yeso y polvo, sí, pero también memoria. El retablo central, barroco, o lo fue, hoy está fatigado, cansado como un viejo que ha perdido la voz, pero no la historia. En sus hornacinas se alojan los santos Facundo y Primitivo, patronos de la parroquia, esculturas que no impresionan por su factura, sino por su persistencia: están allí como si no supieran otra cosa que seguir estando. Entre ellos, en el centro, el sagrario, con un relieve policromado de la Virgen del Rosario con el Niño: imagen no tanto excelsa como cotidiana, esa clase de consuelo que no deslumbra, pero acompaña.

A su derecha y su izquierda, dos mesas de estilo rococó sirven de base a dos figuras más. Una Virgen del Rosario popular, con el Niño en el brazo izquierdo, sencilla, sin pretensiones. Y un San Antón con su cerdita —la “gocha”— a los pies, figura entrañable y arcaica, probablemente de finales del siglo XVI, cuando el arte aún se esculpía para la vida y no para los museos.

No es el altar el único lugar donde se cobijan devociones. A la izquierda del templo, clavado en el muro, hay un Cristo de proporciones extrañas, como si su cuerpo hubiera sido alargado por el tiempo más que por el cincel. Sus ojos, vacíos, no miran; soportan. Y al pie de la cruz, un soporte de vela parece colocado sin escenografía, como si alguien —una mujer mayor, un hijo rezagado— lo hubiera dejado allí no por arte, sino por necesidad. Es un guiño doméstico a la Pasión, una proximidad que desarma más que el dramatismo.

 Frente a él, San Blas, en su hornacina del lado derecho. Atributos episcopales, la mano alzada hacia la garganta, como recordando sin voz que fue invocado durante siglos contra las dolencias de la voz misma. No es una talla memorable, pero se queda en la memoria, tal vez por eso.

Y luego está la sacristía, que como toda sacristía que se respete, guarda lo que no se enseña: una imagen de San Roque, más meritoria que las otras, aunque dañada por el tiempo, por la humedad, por el olvido. Conserva, aun así, esa nobleza sin aplauso que tienen las figuras que alguna vez fueron importantes. Tal vez fue a ella —o a otra como ella— a quien intentaron proteger aquellos dos vecinos.

Porque hay quienes entienden que un pueblo no sobrevive por sus tejados ni por sus carreteras, sino por sus gestos, por sus silencios, por lo que aún se venera cuando ya no queda nadie para venerarlo.

Tendal no se ofrece, ni se muestra. Permanece. Tejados de uralita, imágenes que han dejado de ser arte para convertirse en compañía. Un lugar donde las devociones no son espectáculo ni tradición, sino forma de ser. Donde cada escultura, cada altar, cada vela encendida sin ceremonia dice sin decir: aquí seguimos. Aunque ya no miréis.

Y no es un capricho reciente. Ya en el año 906, Alfonso III y la reina Jimena mencionaban a Tendal entre las villas donadas a la Iglesia de León. Durante todo el siglo X, nombres como Ansur, Martino, Cipriano, Leandro o Garsia compraban o vendían tierras y viñas en este valle, como si intuyeran que el suelo, aunque humilde, escondía una forma callada de permanencia.

En 962, una viña se vendía “en Tendadal ad Oteriolo”, y en 1032, otra junto a la iglesia de Santa María, evidencia de que ya entonces se alzaba un templo en el lugar. Las donaciones continuaron durante siglos: en 1068, Eldonza y Adosinda legaban sus bienes “in territorio Legionensi, in Tendesale”, y ya en 1120, el obispo de León incluía a Tendal en la división de rentas del cabildo, junto a Villa Burgala y Villaseca.

Durante los siglos XIII y XIV, los testamentos hablaban de heredades en Tendal, cedidas a canónigos, capellanías y aniversarios perpetuos. En 1235, cinco donaciones en un solo año dejan constancia de ese aprecio por un lugar que parecía menor, pero que retornaba una y otra vez en las voluntades de quienes morían. En 1452, el Monasterio de Sahagún aún permutaba sus posesiones en Tendal con el Deán de la Iglesia de León.

En el Catastro del Marqués de la Ensenada (1753), se documentan las casas, los vecinos, los impuestos, las colmenas, los corderos, los mostos y hasta un palomar inactivo. Se mencionan también los nombres: Blas Gutiérrez, Andrés Gutiérrez, Juana, Toribio, Simón, Roque, una familia extendida en variantes de sí misma. Y se certifica lo esencial: que aquí se vivía, que aquí se trabajaba, que aquí se rezaba.

En 1835, el Madoz describe el lugar con su habitual sobriedad: veintenas de vecinos, ochenta almas, trigo, centeno, legumbres, un arroyo cercano, una iglesia dedicada a los santos Facundo y Primitivo. Pero no dice lo que las piedras saben: que Tendal ha sobrevivido más por su fe anónima que por su arquitectura.

Y quizá por eso —porque todo aquí ha sido pequeño, discreto, resistente—, cuando alguien encendió aquella vela bajo el Cristo alargado, o cuando dos vecinos en 1964 sangraron por una imagen, el gesto tuvo la hondura de lo sagrado. Porque no importa tanto qué imagen se salvó, sino que hubo quienes decidieron salvarla.

Tendal

Memoria entre tejados de uralita

Hay lugares que no han sido nunca escenario de nada memorable, pero en los que, sin embargo, ocurre lo esencial: seguir estando. Tendal no se alza, no proclama, no deslumbra. Guarda, a su manera, un heroísmo diminuto: dos vecinos heridos por defender una imagen. Y es ese gesto, apenas recordado, lo que da sentido a todo lo demás. Porque a veces basta con no marcharse. Con seguir rezando a solas. Con no olvidar del todo.

trazo gris web

No salvaron una ciudad ni una reliquia famosa. Pero sangraron por una imagen. Eso cuenta una lápida, resguardada bajo un pequeño atrio en una iglesia de uralita, en Tendal, que no es exactamente un pueblo, sino algo más modesto aún: un pliegue habitado en el páramo, un lugar al que no se llega por destino, sino por deriva. La piedra, colocada allí sin épica, recuerda que en 1964, dos vecinos resultaron heridos al intentar salvar el patrimonio artístico del templo. No hay más detalles. No se indica qué obra exacta, ni qué se evitó que ardiera o se perdiera. Pero ese gesto, casi anónimo, contiene más grandeza —dirían algunos— que muchas cúpulas doradas. Y quizá, si uno observa con cuidado, encuentre aún en el interior del templo las huellas de aquel esfuerzo callado.

Porque dentro hay madera, yeso y polvo, sí, pero también memoria. El retablo central, barroco, o lo fue, hoy está fatigado, cansado como un viejo que ha perdido la voz, pero no la historia. En sus hornacinas se alojan los santos Facundo y Primitivo, patronos de la parroquia, esculturas que no impresionan por su factura, sino por su persistencia: están allí como si no supieran otra cosa que seguir estando. Entre ellos, en el centro, el sagrario, con un relieve policromado de la Virgen del Rosario con el Niño: imagen no tanto excelsa como cotidiana, esa clase de consuelo que no deslumbra, pero acompaña.

A su derecha y su izquierda, dos mesas de estilo rococó sirven de base a dos figuras más. Una Virgen del Rosario popular, con el Niño en el brazo izquierdo, sencilla, sin pretensiones. Y un San Antón con su cerdita —la “gocha”— a los pies, figura entrañable y arcaica, probablemente de finales del siglo XVI, cuando el arte aún se esculpía para la vida y no para los museos.

No es el altar el único lugar donde se cobijan devociones. A la izquierda del templo, clavado en el muro, hay un Cristo de proporciones extrañas, como si su cuerpo hubiera sido alargado por el tiempo más que por el cincel. Sus ojos, vacíos, no miran; soportan. Y al pie de la cruz, un soporte de vela parece colocado sin escenografía, como si alguien —una mujer mayor, un hijo rezagado— lo hubiera dejado allí no por arte, sino por necesidad. Es un guiño doméstico a la Pasión, una proximidad que desarma más que el dramatismo.

 Frente a él, San Blas, en su hornacina del lado derecho. Atributos episcopales, la mano alzada hacia la garganta, como recordando sin voz que fue invocado durante siglos contra las dolencias de la voz misma. No es una talla memorable, pero se queda en la memoria, tal vez por eso.

Y luego está la sacristía, que como toda sacristía que se respete, guarda lo que no se enseña: una imagen de San Roque, más meritoria que las otras, aunque dañada por el tiempo, por la humedad, por el olvido. Conserva, aun así, esa nobleza sin aplauso que tienen las figuras que alguna vez fueron importantes. Tal vez fue a ella —o a otra como ella— a quien intentaron proteger aquellos dos vecinos.

Porque hay quienes entienden que un pueblo no sobrevive por sus tejados ni por sus carreteras, sino por sus gestos, por sus silencios, por lo que aún se venera cuando ya no queda nadie para venerarlo.

Tendal no se ofrece, ni se muestra. Permanece. Tejados de uralita, imágenes que han dejado de ser arte para convertirse en compañía. Un lugar donde las devociones no son espectáculo ni tradición, sino forma de ser. Donde cada escultura, cada altar, cada vela encendida sin ceremonia dice sin decir: aquí seguimos. Aunque ya no miréis.

Y no es un capricho reciente. Ya en el año 906, Alfonso III y la reina Jimena mencionaban a Tendal entre las villas donadas a la Iglesia de León. Durante todo el siglo X, nombres como Ansur, Martino, Cipriano, Leandro o Garsia compraban o vendían tierras y viñas en este valle, como si intuyeran que el suelo, aunque humilde, escondía una forma callada de permanencia.

En 962, una viña se vendía “en Tendadal ad Oteriolo”, y en 1032, otra junto a la iglesia de Santa María, evidencia de que ya entonces se alzaba un templo en el lugar. Las donaciones continuaron durante siglos: en 1068, Eldonza y Adosinda legaban sus bienes “in territorio Legionensi, in Tendesale”, y ya en 1120, el obispo de León incluía a Tendal en la división de rentas del cabildo, junto a Villa Burgala y Villaseca.

Durante los siglos XIII y XIV, los testamentos hablaban de heredades en Tendal, cedidas a canónigos, capellanías y aniversarios perpetuos. En 1235, cinco donaciones en un solo año dejan constancia de ese aprecio por un lugar que parecía menor, pero que retornaba una y otra vez en las voluntades de quienes morían. En 1452, el Monasterio de Sahagún aún permutaba sus posesiones en Tendal con el Deán de la Iglesia de León.

En el Catastro del Marqués de la Ensenada (1753), se documentan las casas, los vecinos, los impuestos, las colmenas, los corderos, los mostos y hasta un palomar inactivo. Se mencionan también los nombres: Blas Gutiérrez, Andrés Gutiérrez, Juana, Toribio, Simón, Roque, una familia extendida en variantes de sí misma. Y se certifica lo esencial: que aquí se vivía, que aquí se trabajaba, que aquí se rezaba.

En 1835, el Madoz describe el lugar con su habitual sobriedad: veintenas de vecinos, ochenta almas, trigo, centeno, legumbres, un arroyo cercano, una iglesia dedicada a los santos Facundo y Primitivo. Pero no dice lo que las piedras saben: que Tendal ha sobrevivido más por su fe anónima que por su arquitectura.

Y quizá por eso —porque todo aquí ha sido pequeño, discreto, resistente—, cuando alguien encendió aquella vela bajo el Cristo alargado, o cuando dos vecinos en 1964 sangraron por una imagen, el gesto tuvo la hondura de lo sagrado. Porque no importa tanto qué imagen se salvó, sino que hubo quienes decidieron salvarla.

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Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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