Teleclubes

en La Sobarriba
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Hubo un tiempo en que los pueblos, tan callados como lo están los objetos que no se usan, tuvieron su propio centro de gravedad. Su corazón no latía en las iglesias ni en los ayuntamientos, sino en los teleclubes, que eran otra cosa, algo más laxo y necesario, como si su función fuera precisamente no tener una función demasiado clara, más allá de la de acoger, que no es poca. Se llamaban así, teleclubes, por el aparato que presidía el local y que otorgaba su nombre al todo: un televisor, a veces en blanco y negro, a veces con tubo abultado y un eco de imágenes que parecía venir de más lejos de lo que en verdad venía. Pero la televisión, en realidad, no era el centro, ni siquiera el alma; era sólo la excusa para abrir la puerta.

Teleclubes

Lugares donde el tiempo no se mide por el reloj

Los teleclubes eran —y algunos aún son— espacios que subsisten a medio camino entre lo comunitario y lo doméstico, entre lo institucional y lo improvisado. Lugares donde el tiempo no se mide por el reloj, sino por la llegada del panadero, la misa del domingo o el final de la partida de cartas. Allí se reunían hombres y mujeres no tanto para ver como para estar, que es verbo más noble e indefinido. Estar con otros, sin objetivo, sin prisa, sin ganancia. Y eso, tan simple, parece hoy revolucionario.

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Se abrían —y se abren todavía— según quién tenga la llave o las ganas, según si hay fiesta, partido o entierro. En Villalboñe, por ejemplo, el teleclub abre los domingos y festivos, por la mañana y por la tarde, y a veces cuando ocurre algo digno de ser vivido en común. En Corbillos, en cambio, sólo abre el día de la fiesta, lo cual lo vuelve aún más ceremonial, casi sagrado: una aparición anual, como una estrella fugaz que regresa en la misma fecha.

Villaseca conserva el suyo abierto todos los días, salvo los miércoles a partir de mayo —un detalle mínimo que encierra toda una sociología rural, toda una coreografía invisible—. En Solanilla, el bar-teleclub abre los domingos de 13:30 a 15:00, y algunas tardes, como si la hora de comer diera permiso también para conversar. En Sanfelismo, quizá el ejemplo más constante, el teleclub ocupa lo que fue la escuela —no es raro ese desplazamiento: enseñar primero, reunir después—, y lo lleva la asociación del pueblo. Se abre todos los días de doce a tres y de siete hasta que se decida cerrar, menos los martes y miércoles por la mañana. En realidad, son las horas las que giran en torno al lugar, no al revés.

En Paradilla, el teleclub se sitúa en la iglesia misma, y abre los domingos después de misa, aunque no haya misa también; lo gestionan “a roda”, es decir, entre todos, como si el cuidado del espacio fuera una forma de oración laica. En Navafría, se abre según fiesta o evento, al igual que en Villacete, donde también hay encuentros tras la misa o en fechas señaladas. En Villacil, abre en fiestas y algunos fines de semana, y en Arcahueja, aunque no se mencione como tal, hay escuela y casa del pueblo: y a menudo eso basta. En Santovenia, la antigua escuela es hoy Casa del Pueblo, usada para eventos sociales: bodas, cacerías, cumpleaños, lo que toque celebrar.

En Santa Olaja, lo gestiona la asociación “Amigos de Santa Olaja”, nombre hermoso por su obviedad: son amigos del lugar, y por extensión, amigos del tiempo que ahí se pasa. Se abre a demanda, como se abre una ventana si uno la necesita, si el aire de dentro ya no basta. En Carbajosa, el teleclub ya no es lo que fue —y quién lo es—, pero se abre cuando hay fiestas, cuando algo merece ser compartido, cuando se puede avisar con antelación y alguien accede a encender la luz y abrir la puerta. Y eso basta, o debería bastar.En Valdefresno, la casa del pueblo se activa solo cuando hay actividades, sin bar ni consumo; sólo gesto, encuentro, voluntad. Los bares aún abiertos completan el mapa emocional: Villaseca mantiene el suyo en funcionamiento, como prolongación del teleclub; en Villavente abrirá todos los días a partir de junio; en Santibáñez de Porma, Casa Lupe mantiene redes sociales y mesas dispuestas. Y en Valdefresno, el antiguo bar de las piscinas solo abre en verano, como si necesitara calor para revivir.

Tal vez todos estos teleclubes, con su irregularidad y su humildad, constituyan lo más parecido que nos queda a una forma natural de convivencia, a una arquitectura sin pretensión que, sin embargo, sostiene. No son centros culturales ni bares ni parroquias, pero lo fueron todo un poco. Siguen ahí, en sus pueblos, en sus horarios inciertos, como lugares que no se extinguen porque aún hay quienes, sin saber por qué, siguen entrando.

Dibujo ilustrativo camino de Santiago La Sobarriba
Imagen ilustrativa de una pueblo de La Sobarriba del camino de Santiago
Ilustración de conejos en el monte
Dibujo ilustrativo camino de Santiago La Sobarriba
Imagen ilustrativa de una pueblo de La Sobarriba del camino de Santiago
Ilustración de conejos en el monte
Mapa circular La Sobarriba

Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

Mapa circular La Sobarriba

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Camino de Santiago por la Sobarriba

Fiestas y cultura popular
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Además del patrimonio arquitectónico y paisajístico, el peregrino tiene la oportunidad de participar en las fiestas locales, auténticas expresiones de la identidad cultural de La Sobarriba. Destacan las celebraciones en honor a San Juan en Arcahueja y Valdelafuente, y las dedicadas a San Cornelio en Valdefresno. Estas festividades permiten al visitante integrarse en la vida del pueblo y conocer de cerca las costumbres y valores que aún perviven.

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