Solanilla

Entre el valle y el prodigio
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Desde el siglo XI, Solanilla figura en documentos históricos con ventas, donaciones y privilegios reales. Fue lugar de paso y de herencia, con una economía agrícola modesta y persistente. En su iglesia, sobria y blanca, destaca la figura de San Esteban y un Cristo gótico sereno, además de un retablo barroco sencillo.

Solanilla es un pueblo tranquilo, discreto, pero lleno de memoria. Ideal para quienes buscan silencio, autenticidad y una historia que —como su Virgen— no desaparece del todo, aunque esté lejos.

Solanilla

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Desde el siglo XI, Solanilla figura en documentos históricos con ventas, donaciones y privilegios reales. Fue lugar de paso y de herencia, con una economía agrícola modesta y persistente. En su iglesia, sobria y blanca, destaca la figura de San Esteban y un Cristo gótico sereno, además de un retablo barroco sencillo.

Solanilla es un pueblo tranquilo, discreto, pero lleno de memoria. Ideal para quienes buscan silencio, autenticidad y una historia que —como su Virgen— no desaparece del todo, aunque esté lejos.

Solanilla

Entre el valle y el prodigio

Se la llevaron, y volvió sola. Eso cuentan en Solanilla de la Sobarriba desde hace generaciones, y lo dicen con la calma con que se dice lo que no hace falta probar. Que la Virgen de las Rutiellas —una talla de madera policromada, apenas ochenta y ocho centímetros de altura, mezcla de estilos y siglos, ni enteramente románica ni del todo gótica— desapareció un día sin explicación y, pasados los meses, regresó como si nada, hallada por unos niños entre las ruinas de un monasterio cubierto de zarzas. No se sabe cuál, no se sabe cómo. Pero sí se sabe que volvió. Y eso, en ciertos lugares, es más importante que entender.

trazo gris web

En Solanilla, desde entonces, ya no se habla de imágenes como si fueran objetos. A la Virgen no se la menciona como talla, sino como suceso. Se la venera no por su forma, sino por su regreso. Más tarde fue llevada al Museo Catedralicio de León, donde permanece aún, quizá más segura, pero más lejos. Porque hay casas que protegen, pero no acogen, y hay pueblos que sin tener la imagen, la conservan mejor que ningún museo.

Desde hace mucho —y esto ya no es cuento, sino escritura— se tiene noticia de este lugar encajado entre ríos, colinas suaves y memorias más antiguas que sus propios nombres. En el año 1069, doña Gelvira y sus hijos vendían aquí sus heredades al precio exacto de tres vacas vidoladas, y el conde Pedro Flaín y su esposa, doña Bronildi, firmaban con tinta oscura sus nombres ya casi borrados. En 1076, un tal Pelayo Petriz legaba a su esposa Velasquita varias propiedades, entre ellas “en el Porma, Solanella en Sobrerriba”, como si nombrar el lugar bastara para que siguiera existiendo.

Luego vinieron los reyes: Alfonso VI, en 1152, donando heredades en Solanilla; Alfonso VII, al año siguiente, 1153, concediendo privilegios al arcipreste Pedro y a sus hermanos por sus propiedades en Villamoros, Villacil y Solanilla. Y Alfonso IX, en 1229, ratificó lo ya otorgado, eximiendo de tributos aquello que se poseía “en Solanela”. Son papeles, sí. Pero no son mentira. Son la forma más sólida que tiene el pasado de persistir.

Y es que Solanilla ha pertenecido muchas veces a otros. Al cabildo, a la nobleza, a la Iglesia, a nadie. En 1309, Juan Pérez vendía aquí cinco tierras. En 1393, el arcediano de León remataba la renta del lugar por 400 maravedíes, para financiar misas en la capilla de San Andrés. Y en el Catastro del Marqués de la Ensenada, mediado el siglo XVIII, constaban trece vecinos y cuatro viudas, dos palomares, doce colmenas, y jornaleros que ganaban dos reales al día sin el alimento.

Hoy queda poco de eso, pero lo esencial permanece. La iglesia, de muros blancos, espadaña sobria y una separación natural del cementerio —más impuesta por el terreno que por la planificación— guarda el recuerdo de la Virgen, pero también de San Esteban, patrón del lugar, presente en dos tallas barrocas: una con la palma del martirio, otra más recogida, como si quisiera pasar inadvertida. Y en un lateral, un Cristo gótico crucificado sin alarde, sin gesto trágico, simplemente crucificado, como si supiera que no hace falta gritar para sufrir.

Frente a la puerta, un sencillo monumento de Semana Santa custodia la entrada. Dentro, el retablo barroco acoge sin brillar. Y San José, sin el Niño, parece decirnos que también hay figuras incompletas que acompañan. Lo milagroso no está en lo que se ve, sino en lo que se sigue diciendo.

Solanilla está allí. Aún hoy. No del todo presente, no del todo olvidada. Es un lugar que no exige ser descubierto, porque ya se dio a conocer hace siglos, cuando bastaba con firmar con el nombre y con la tierra. Ahora vive en los márgenes: entre los caminos que bajan a Secos o se elevan hacia Carbajosa; entre lo que la Virgen dejó al volver y lo que nunca quiso llevarse. Y allí permanece. Como una historia que, aunque nadie la cuente, sigue viva.

Solanilla

Entre el valle y el prodigio

Se la llevaron, y volvió sola. Eso cuentan en Solanilla de la Sobarriba desde hace generaciones, y lo dicen con la calma con que se dice lo que no hace falta probar. Que la Virgen de las Rutiellas —una talla de madera policromada, apenas ochenta y ocho centímetros de altura, mezcla de estilos y siglos, ni enteramente románica ni del todo gótica— desapareció un día sin explicación y, pasados los meses, regresó como si nada, hallada por unos niños entre las ruinas de un monasterio cubierto de zarzas. No se sabe cuál, no se sabe cómo. Pero sí se sabe que volvió. Y eso, en ciertos lugares, es más importante que entender.

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En Solanilla, desde entonces, ya no se habla de imágenes como si fueran objetos. A la Virgen no se la menciona como talla, sino como suceso. Se la venera no por su forma, sino por su regreso. Más tarde fue llevada al Museo Catedralicio de León, donde permanece aún, quizá más segura, pero más lejos. Porque hay casas que protegen, pero no acogen, y hay pueblos que sin tener la imagen, la conservan mejor que ningún museo.

Desde hace mucho —y esto ya no es cuento, sino escritura— se tiene noticia de este lugar encajado entre ríos, colinas suaves y memorias más antiguas que sus propios nombres. En el año 1069, doña Gelvira y sus hijos vendían aquí sus heredades al precio exacto de tres vacas vidoladas, y el conde Pedro Flaín y su esposa, doña Bronildi, firmaban con tinta oscura sus nombres ya casi borrados. En 1076, un tal Pelayo Petriz legaba a su esposa Velasquita varias propiedades, entre ellas “en el Porma, Solanella en Sobrerriba”, como si nombrar el lugar bastara para que siguiera existiendo.

Luego vinieron los reyes: Alfonso VI, en 1152, donando heredades en Solanilla; Alfonso VII, al año siguiente, 1153, concediendo privilegios al arcipreste Pedro y a sus hermanos por sus propiedades en Villamoros, Villacil y Solanilla. Y Alfonso IX, en 1229, ratificó lo ya otorgado, eximiendo de tributos aquello que se poseía “en Solanela”. Son papeles, sí. Pero no son mentira. Son la forma más sólida que tiene el pasado de persistir.

Y es que Solanilla ha pertenecido muchas veces a otros. Al cabildo, a la nobleza, a la Iglesia, a nadie. En 1309, Juan Pérez vendía aquí cinco tierras. En 1393, el arcediano de León remataba la renta del lugar por 400 maravedíes, para financiar misas en la capilla de San Andrés. Y en el Catastro del Marqués de la Ensenada, mediado el siglo XVIII, constaban trece vecinos y cuatro viudas, dos palomares, doce colmenas, y jornaleros que ganaban dos reales al día sin el alimento.

Hoy queda poco de eso, pero lo esencial permanece. La iglesia, de muros blancos, espadaña sobria y una separación natural del cementerio —más impuesta por el terreno que por la planificación— guarda el recuerdo de la Virgen, pero también de San Esteban, patrón del lugar, presente en dos tallas barrocas: una con la palma del martirio, otra más recogida, como si quisiera pasar inadvertida. Y en un lateral, un Cristo gótico crucificado sin alarde, sin gesto trágico, simplemente crucificado, como si supiera que no hace falta gritar para sufrir.

Frente a la puerta, un sencillo monumento de Semana Santa custodia la entrada. Dentro, el retablo barroco acoge sin brillar. Y San José, sin el Niño, parece decirnos que también hay figuras incompletas que acompañan. Lo milagroso no está en lo que se ve, sino en lo que se sigue diciendo.

Solanilla está allí. Aún hoy. No del todo presente, no del todo olvidada. Es un lugar que no exige ser descubierto, porque ya se dio a conocer hace siglos, cuando bastaba con firmar con el nombre y con la tierra. Ahora vive en los márgenes: entre los caminos que bajan a Secos o se elevan hacia Carbajosa; entre lo que la Virgen dejó al volver y lo que nunca quiso llevarse. Y allí permanece. Como una historia que, aunque nadie la cuente, sigue viva.

Mapa circular La Sobarriba

Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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