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Documentado desde el año 916, Paradilla conserva toponimias ancestrales y un legado agrícola humilde pero digno. El Catastro de Ensenada (1753) ya citaba vecinos, colmenas, una fragua y rentas antiguas. Paradilla no presume, pero perdura. Ideal para quienes buscan autenticidad, raíces y silencio lleno de sentido.
Documentado desde el año 916, Paradilla conserva toponimias ancestrales y un legado agrícola humilde pero digno. El Catastro de Ensenada (1753) ya citaba vecinos, colmenas, una fragua y rentas antiguas. Paradilla no presume, pero perdura. Ideal para quienes buscan autenticidad, raíces y silencio lleno de sentido.
Hubo un retablo, eso dicen. No lo vieron los jóvenes ni lo recuerdan los mayores, pero alguien, alguna vez, lo nombró, y con eso bastó para que existiera. Era de tablas pintadas, del siglo XV, con escenas de San Pedro y los apóstoles, y ocupaba el centro de la iglesia de Paradilla, donde ahora hay otro, barroco y más reciente, que no molesta, que incluso agrada, pero que no logra sustituir lo que no está. Porque no todo lo que falta puede ser reemplazado, y hay ausencias que pesan más cuanto más se intenta cubrirlas. La talla de San Pedro ad Víncula que hoy lo preside —encadenado, en su trono— parece saberlo: lleva las cadenas no solo como atributo, sino como una forma de espera, como si aguardara él también a ser devuelto a un tiempo que se fue sin despedirse.
Y sin embargo, Paradilla no ha perdido del todo su voz. La torre, de ladrillo, se levanta separada de la nave, como si no quisiera pertenecer por completo, o como si necesitara observar desde fuera. En la sacristía hay imágenes que no figuran en los inventarios y que, por eso mismo, conmueven más: un San Roque que parece haber caminado de verdad, un San Martín con gesto cansado, una Virgen olvidada y una Santa Eugenia restaurada con la delicadeza que se concede solo a quienes ya no necesitan imponerse. Incluso una pequeña Piedad, de rasgos duros pero expresión quebrada, como si el dolor se hubiera alojado no en el gesto, sino en la madera misma.
Y luego está el sagrario. Pequeño, discreto, con un relieve de la Resurrección que parece decir: “aquí hubo algo más”. Como ocurre con las ruinas, como con ciertas palabras, como con los ojos de quien ya ha dicho lo esencial: no es lo que muestran, sino lo que sugieren lo que importa. En ese pequeño bajorrelieve tal vez se guarde todo lo que desapareció del retablo antiguo. Porque el arte, como la fe, no siempre sobrevive completo. A veces lo hace en fragmentos. Y eso basta.
Pero lo que realmente sostiene a Paradilla no está en el retablo, ni en las figuras, ni en la torre, sino en un gesto que se repite cada 31 de enero, cuando el invierno aún es firme y las horas parecen durar más. Ese día, la Cofradía de Santa Eugenia, una de las más antiguas de la Sobarriba, renace. Se la llama también la de las capas pardas, y sus miembros —varones, siempre, aunque eso también podría cambiar algún día— se visten con una solemnidad sin énfasis: camisa blanca, chaleco oscuro, sombrero de ala ancha y esa capa de estameña que no luce, pero cubre; que no decora, pero protege. No es un disfraz. Es un legado.
La víspera hay cánticos, y se pasa lista, como si fuera un ejército del recuerdo. Al día siguiente, tras la misa, los cofrades desfilan en procesión, sin prisa, con los abades portando sus varas, como si cada uno supiera que su paso sostiene una historia más larga que él. Luego, en la comida, se brindan por los ausentes. No se les nombra, pero están. Los fundadores, los desaparecidos, los que ya no vienen. Brindan también, de algún modo. En silencio.
Ese día, y sólo entonces, todo encaja. La cruz parroquial, por ejemplo, se comprende al final. De plata, del siglo XVII, con Cristo en el anverso y San Pedro en el reverso. Doce apóstoles la rodean en hornacinas pequeñas. Pero uno falta. Ese vacío no se oculta. Se acepta. Como se aceptan las ausencias en la vida. Como se sigue adelante, no pese a ellas, sino con ellas.
Paradilla nunca fue grande. Tampoco lo pretende. Está ahí, entre campos que aún conocen el nombre de los antiguos: Fonte Genestales, el Valle de Sanfelismo, la Vega de la Devesa. Los documentos —los hay desde el 916, cuando Ordoño II mencionaba ya su nombre— la dibujan como una tierra heredada, vendida, ofrecida, reclamada, como si todos hubieran querido dejar algo allí. Las viñas, los majuelos, las cortes, los pastos, todo tiene nombre. Todo fue alguna vez importante.
El Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, hablaba de once vecinos, seis viudas, varias cargas de trigo, una fragua, y una renta perpetua al Marqués de San Vicente por un terreno llamado Villamuriel. Los nombres se repiten: Alonso, Flórez, Gutiérrez. Hoy ya no se cuentan cargas, ni corderos, ni gallinas. Pero los descendientes caminan con la misma sombra.
Paradilla no está detenida, pero tampoco corre. Vive como esas figuras que no se mueven pero aún respiran. En sus casas, en sus caminos, en sus silencios. Y en la certeza, no dicha pero evidente, de que hay cosas que no deben contarse para que duren. Basta con vestirlas una vez al año. Basta con recordar —sin urgencia— que el arte, como la fe, como los pueblos pequeños, no muere cuando desaparece, sino cuando se olvida que aún respira.
Hubo un retablo, eso dicen. No lo vieron los jóvenes ni lo recuerdan los mayores, pero alguien, alguna vez, lo nombró, y con eso bastó para que existiera. Era de tablas pintadas, del siglo XV, con escenas de San Pedro y los apóstoles, y ocupaba el centro de la iglesia de Paradilla, donde ahora hay otro, barroco y más reciente, que no molesta, que incluso agrada, pero que no logra sustituir lo que no está. Porque no todo lo que falta puede ser reemplazado, y hay ausencias que pesan más cuanto más se intenta cubrirlas. La talla de San Pedro ad Víncula que hoy lo preside —encadenado, en su trono— parece saberlo: lleva las cadenas no solo como atributo, sino como una forma de espera, como si aguardara él también a ser devuelto a un tiempo que se fue sin despedirse.
Y sin embargo, Paradilla no ha perdido del todo su voz. La torre, de ladrillo, se levanta separada de la nave, como si no quisiera pertenecer por completo, o como si necesitara observar desde fuera. En la sacristía hay imágenes que no figuran en los inventarios y que, por eso mismo, conmueven más: un San Roque que parece haber caminado de verdad, un San Martín con gesto cansado, una Virgen olvidada y una Santa Eugenia restaurada con la delicadeza que se concede solo a quienes ya no necesitan imponerse. Incluso una pequeña Piedad, de rasgos duros pero expresión quebrada, como si el dolor se hubiera alojado no en el gesto, sino en la madera misma.
Y luego está el sagrario. Pequeño, discreto, con un relieve de la Resurrección que parece decir: “aquí hubo algo más”. Como ocurre con las ruinas, como con ciertas palabras, como con los ojos de quien ya ha dicho lo esencial: no es lo que muestran, sino lo que sugieren lo que importa. En ese pequeño bajorrelieve tal vez se guarde todo lo que desapareció del retablo antiguo. Porque el arte, como la fe, no siempre sobrevive completo. A veces lo hace en fragmentos. Y eso basta.
Pero lo que realmente sostiene a Paradilla no está en el retablo, ni en las figuras, ni en la torre, sino en un gesto que se repite cada 31 de enero, cuando el invierno aún es firme y las horas parecen durar más. Ese día, la Cofradía de Santa Eugenia, una de las más antiguas de la Sobarriba, renace. Se la llama también la de las capas pardas, y sus miembros —varones, siempre, aunque eso también podría cambiar algún día— se visten con una solemnidad sin énfasis: camisa blanca, chaleco oscuro, sombrero de ala ancha y esa capa de estameña que no luce, pero cubre; que no decora, pero protege. No es un disfraz. Es un legado.
La víspera hay cánticos, y se pasa lista, como si fuera un ejército del recuerdo. Al día siguiente, tras la misa, los cofrades desfilan en procesión, sin prisa, con los abades portando sus varas, como si cada uno supiera que su paso sostiene una historia más larga que él. Luego, en la comida, se brindan por los ausentes. No se les nombra, pero están. Los fundadores, los desaparecidos, los que ya no vienen. Brindan también, de algún modo. En silencio.
Ese día, y sólo entonces, todo encaja. La cruz parroquial, por ejemplo, se comprende al final. De plata, del siglo XVII, con Cristo en el anverso y San Pedro en el reverso. Doce apóstoles la rodean en hornacinas pequeñas. Pero uno falta. Ese vacío no se oculta. Se acepta. Como se aceptan las ausencias en la vida. Como se sigue adelante, no pese a ellas, sino con ellas.
Paradilla nunca fue grande. Tampoco lo pretende. Está ahí, entre campos que aún conocen el nombre de los antiguos: Fonte Genestales, el Valle de Sanfelismo, la Vega de la Devesa. Los documentos —los hay desde el 916, cuando Ordoño II mencionaba ya su nombre— la dibujan como una tierra heredada, vendida, ofrecida, reclamada, como si todos hubieran querido dejar algo allí. Las viñas, los majuelos, las cortes, los pastos, todo tiene nombre. Todo fue alguna vez importante.
El Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, hablaba de once vecinos, seis viudas, varias cargas de trigo, una fragua, y una renta perpetua al Marqués de San Vicente por un terreno llamado Villamuriel. Los nombres se repiten: Alonso, Flórez, Gutiérrez. Hoy ya no se cuentan cargas, ni corderos, ni gallinas. Pero los descendientes caminan con la misma sombra.
Paradilla no está detenida, pero tampoco corre. Vive como esas figuras que no se mueven pero aún respiran. En sus casas, en sus caminos, en sus silencios. Y en la certeza, no dicha pero evidente, de que hay cosas que no deben contarse para que duren. Basta con vestirlas una vez al año. Basta con recordar —sin urgencia— que el arte, como la fe, como los pueblos pequeños, no muere cuando desaparece, sino cuando se olvida que aún respira.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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