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Desde el año 990 hay noticias documentadas del pueblo, y tanto el Catastro del Marqués de la Ensenada (1753) como Madoz (1835) recogen una vida rural modesta pero persistente: casas, viñas, colmenas y rentas que se sostienen con discreción. Navafría no impresiona por lo que exhibe, sino por lo que conserva sin necesidad de mostrarse. Un lugar ideal para viajeros que buscan lo auténtico, lo escondido y lo que permanece sin estridencias.
Desde el año 990 hay noticias documentadas del pueblo, y tanto el Catastro del Marqués de la Ensenada (1753) como Madoz (1835) recogen una vida rural modesta pero persistente: casas, viñas, colmenas y rentas que se sostienen con discreción. Navafría no impresiona por lo que exhibe, sino por lo que conserva sin necesidad de mostrarse. Un lugar ideal para viajeros que buscan lo auténtico, lo escondido y lo que permanece sin estridencias.
Hay imágenes que no se ocultan, simplemente se desvían. No porque avergüencen, ni porque su tiempo haya pasado, sino porque algo en nosotros —una mezcla de pudor, abandono y negligencia— decide que ya no es urgente mirarlas. Navafría posee algunas de esas imágenes. No están en vitrinas ni en altares centrales, sino en un cuarto lateral, más bien una sala a la que uno no llega por intención, sino por error, o por instinto. Allí, como quien se ha retirado sin rendirse, descansan cuatro figuras barrocas: San Pedro, Santiago, y dos obispos mitrados —uno de ellos, tal vez, San Agustín—, que conservan en su desgaste no una derrota, sino una forma de gravedad melancólica, como si el tiempo, en vez de gastarlas, las hubiera consagrado.
Junto a ellas, dos mesas de estilo rococó callan. No reclaman atención. Están como están las cosas que han sobrevivido a demasiados curas, a demasiadas reformas, a demasiados olvidos. Ya no sirven para lo que fueron hechas, pero tampoco han sido desechadas. Y quizá por eso mismo significan más que muchas restauraciones: porque siguen allí.
En Navafría no es la nave principal lo que impresiona —de hecho, perdió su cubierta, y con ella parte de su alma—, sino lo que subsiste a pesar de. La espadaña del siglo XVIII sigue en pie, aislada, sin muro que la sostenga. Hay que mirarla desde fuera, contra el cielo, para comprender que algunas formas verticales no se construyen para sostener campanas, sino para mantener la mirada, como si fueran un signo de dignidad ante el colapso.
Y sin embargo, dentro hay un altar que parece haber olvidado esa sobriedad. Es semiovalado, barroco-rococó, todo curvas y ornato, como si quisiera compensar el despojo con exuberancia. En él, imágenes de escayola —de santos que antes fueron madera, carne de taller antiguo— se exhiben con decoro manufacturado. Está San Martín, patrón del lugar, pero no es su verdadero rostro. Para encontrarlo hay que marcharse, buscarlo en una tabla del siglo XVI atribuida a la escuela de Bartolomé Fernández, conservada ahora en el museo de la catedral de León, como si lo esencial ya no pudiera vivir donde fue concebido.
Solo el sagrario permanece como testigo digno. Es una joya barroca, abrazada por columnas salomónicas que trepan como sarmientos, racimos de uva tallados como si la metáfora tuviera cuerpo. En su centro, San Juan Bautista aparece esculpido en bajorrelieve, como si todavía hiciera falta advertir: “Este es el que viene a preparar el camino”. Y a veces uno piensa que es el arte, y no la fe, quien más fielmente ha cumplido con esa misión.
Hay contradicciones en Navafría. Como las hay en todo lo que no se ha rendido del todo. La Virgen renacentista que sostiene al Niño —un Niño que bendice y que, con la otra mano, sujeta el orbe del mundo— ha sido repintada. Alguien, no se sabe quién, decidió cubrir su rostro con colores nuevos, rosas y azules, modernos y vacíos. Y sin embargo, debajo —en la parte baja de la talla— los estofados originales siguen respirando, como si esperaran ser desenterrados. Porque no todo puede ocultarse del todo.
En 990, ya se hablaba de Navafría. El monje Pelayo, que tenía por sobrenombre Zuleiman —nombre que resuena como una grieta en la cristandad de su tiempo—, donaba viñas en el lugar. En 1010, el presbítero Servando vendía una viña a su prima Kaucta. Y así, a lo largo de los siglos, escrituras, donaciones, testamentos y reclamaciones han ido delineando no sólo la propiedad de la tierra, sino la forma en que este lugar ha sido habitado por el deseo de permanecer. Incluso cuando la modernidad empuja, cuando se construye una escuela “por temporada” —como recoge Madoz en 1835—, lo que subsiste no es lo que se añade, sino lo que se retiene.
El Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, cuenta trece vecinos, dos viudas, un habitante más. Veintiuna casas. Dos palomares. Tres colmenas. Las rentas, los diezmos, las primicias, todo está anotado con la precisión de quien sospecha que algún día todo eso dejará de existir. Pero no ha dejado. No del todo.
Navafría no se ha salvado completamente ni ha desaparecido. Habita una cuerda floja tendida entre siglos: uno que creyó que la fe podía vestirse de oro tallado, y otro que se ha resignado a fingirla con escayola. Pero sigue. Fluctúa, sí. Pero no cae. Y tal vez —tal vez— eso sea su forma más honda de permanecer: no la gloria, no la ruina, sino el equilibrio que sólo ciertos lugares, y ciertas memorias, logran sostener sin aspavientos.
Hay imágenes que no se ocultan, simplemente se desvían. No porque avergüencen, ni porque su tiempo haya pasado, sino porque algo en nosotros —una mezcla de pudor, abandono y negligencia— decide que ya no es urgente mirarlas. Navafría posee algunas de esas imágenes. No están en vitrinas ni en altares centrales, sino en un cuarto lateral, más bien una sala a la que uno no llega por intención, sino por error, o por instinto. Allí, como quien se ha retirado sin rendirse, descansan cuatro figuras barrocas: San Pedro, Santiago, y dos obispos mitrados —uno de ellos, tal vez, San Agustín—, que conservan en su desgaste no una derrota, sino una forma de gravedad melancólica, como si el tiempo, en vez de gastarlas, las hubiera consagrado.
Junto a ellas, dos mesas de estilo rococó callan. No reclaman atención. Están como están las cosas que han sobrevivido a demasiados curas, a demasiadas reformas, a demasiados olvidos. Ya no sirven para lo que fueron hechas, pero tampoco han sido desechadas. Y quizá por eso mismo significan más que muchas restauraciones: porque siguen allí.
En Navafría no es la nave principal lo que impresiona —de hecho, perdió su cubierta, y con ella parte de su alma—, sino lo que subsiste a pesar de. La espadaña del siglo XVIII sigue en pie, aislada, sin muro que la sostenga. Hay que mirarla desde fuera, contra el cielo, para comprender que algunas formas verticales no se construyen para sostener campanas, sino para mantener la mirada, como si fueran un signo de dignidad ante el colapso.
Y sin embargo, dentro hay un altar que parece haber olvidado esa sobriedad. Es semiovalado, barroco-rococó, todo curvas y ornato, como si quisiera compensar el despojo con exuberancia. En él, imágenes de escayola —de santos que antes fueron madera, carne de taller antiguo— se exhiben con decoro manufacturado. Está San Martín, patrón del lugar, pero no es su verdadero rostro. Para encontrarlo hay que marcharse, buscarlo en una tabla del siglo XVI atribuida a la escuela de Bartolomé Fernández, conservada ahora en el museo de la catedral de León, como si lo esencial ya no pudiera vivir donde fue concebido.
Solo el sagrario permanece como testigo digno. Es una joya barroca, abrazada por columnas salomónicas que trepan como sarmientos, racimos de uva tallados como si la metáfora tuviera cuerpo. En su centro, San Juan Bautista aparece esculpido en bajorrelieve, como si todavía hiciera falta advertir: “Este es el que viene a preparar el camino”. Y a veces uno piensa que es el arte, y no la fe, quien más fielmente ha cumplido con esa misión.
Hay contradicciones en Navafría. Como las hay en todo lo que no se ha rendido del todo. La Virgen renacentista que sostiene al Niño —un Niño que bendice y que, con la otra mano, sujeta el orbe del mundo— ha sido repintada. Alguien, no se sabe quién, decidió cubrir su rostro con colores nuevos, rosas y azules, modernos y vacíos. Y sin embargo, debajo —en la parte baja de la talla— los estofados originales siguen respirando, como si esperaran ser desenterrados. Porque no todo puede ocultarse del todo.
En 990, ya se hablaba de Navafría. El monje Pelayo, que tenía por sobrenombre Zuleiman —nombre que resuena como una grieta en la cristandad de su tiempo—, donaba viñas en el lugar. En 1010, el presbítero Servando vendía una viña a su prima Kaucta. Y así, a lo largo de los siglos, escrituras, donaciones, testamentos y reclamaciones han ido delineando no sólo la propiedad de la tierra, sino la forma en que este lugar ha sido habitado por el deseo de permanecer. Incluso cuando la modernidad empuja, cuando se construye una escuela “por temporada” —como recoge Madoz en 1835—, lo que subsiste no es lo que se añade, sino lo que se retiene.
El Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, cuenta trece vecinos, dos viudas, un habitante más. Veintiuna casas. Dos palomares. Tres colmenas. Las rentas, los diezmos, las primicias, todo está anotado con la precisión de quien sospecha que algún día todo eso dejará de existir. Pero no ha dejado. No del todo.
Navafría no se ha salvado completamente ni ha desaparecido. Habita una cuerda floja tendida entre siglos: uno que creyó que la fe podía vestirse de oro tallado, y otro que se ha resignado a fingirla con escayola. Pero sigue. Fluctúa, sí. Pero no cae. Y tal vez —tal vez— eso sea su forma más honda de permanecer: no la gloria, no la ruina, sino el equilibrio que sólo ciertos lugares, y ciertas memorias, logran sostener sin aspavientos.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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