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Situado entre Valdelafuente y Valdefresno, Corbillos de la Sobarriba es uno de esos pueblos que no buscan ser descubiertos, sino simplemente permanecer. Es uno de esos lugares donde lo esencial se guarda en silencio, sin necesidad de mostrarse. Un rincón para quienes saben mirar sin urgencia.
Situado entre Valdelafuente y Valdefresno, Corbillos de la Sobarriba es uno de esos pueblos que no buscan ser descubiertos, sino simplemente permanecer. Es uno de esos lugares donde lo esencial se guarda en silencio, sin necesidad de mostrarse. Un rincón para quienes saben mirar sin urgencia
No todas las iglesias, aunque lo parezcan, son iguales. Algunas se erigen para deslumbrar, otras para imponerse, y las hay que parecen hechas sólo para recordar a quien entre que existe algo más que ruido o prisa o actualidad. Pero hay otras —raras, hoy más que nunca— que no pretenden absolutamente nada, ni conmover ni impresionar ni siquiera sobrevivir al olvido, y acaso por eso mismo se mantienen en pie. Corbillos de la Sobarriba posee una de esas iglesias. Está situada entre Valdelafuente y Valdefresno, y no es que uno pase por allí sin querer, pero tampoco se llega exactamente por voluntad: se llega como se llega a ciertas cosas que parecen escogernos antes de que las escojamos.
Lo primero que se percibe es la espadaña de piedra, sobria, sin alarde, con esa arquitectura que no pretende adornar la función sino apenas sostenerla, como si supiera que más allá del tañido de sus campanas ya no hay nada que añadir. La iglesia está dedicada a San Esteban, y él la preside. La imagen del santo domina un retablo de estilo churrigueresco, pero de un churrigueresco contenido, casi recogido en sí mismo, como si el exceso hubiese sido corregido con los años o nunca del todo ejercido. Hay en él algo que recuerda a las iglesias castellanas que han aprendido a envejecer con dignidad, sin perder el alma en restauraciones que lo limpian todo pero no devuelven nada.
San Esteban está en pie, como corresponde a quien ha sido apedreado pero no ha caído, a quien ha sostenido su fe hasta el final sin necesidad de alzar la voz. Se le ve entero, entero en su martirio y entero en su figura. A su alrededor —en el mismo plano simbólico, aunque no en el mismo retablo— se encuentran otras tres obras, tres tablas al óleo que se conservan en la iglesia y que representan escenas que, al parecer, importaron mucho a quienes las encargaron. La Anunciación, con esa quietud tan difícil de lograr cuando todo depende de un gesto contenido, de una palabra apenas insinuada; San Roque lamido por los perros, imagen extraña de una caridad que no viene de los hombres; y la imposición de la casulla a San Ildefonso, con ángeles que no flotan sino que se inclinan, y con oro en los miembros y plata en una alabarda que ya casi no brilla pero aún dice lo que quiso decir. Pinturas del siglo XVI, entre lo flamenco y lo italiano, como si incluso en este lugar remoto las corrientes de Europa hubieran llegado en forma de pinceladas.
Pero lo que no se ve a primera vista —y que quizá sólo se percibe cuando uno permanece allí un rato, sin moverse, escuchando— es que esta iglesia ha sobrevivido no sólo por su arte sino por lo que representa: una continuidad silenciosa, una presencia que no se exhibe pero tampoco se retira. La documentación histórica confirma esa larga, larguísima permanencia. Ya en el año 977, Ramiro III hablaba de tierras cercanas y caminos que discurrían entre León y Tendesale, y también entre León y Corvellus, que no es otro que este Corbillos. La reina Urraca vende la villa en 1112; en 1124, Elvira dona heredades a una alberguía “en favor de los necesitados”. Y a lo largo del siglo XIII, decenas de nombres —Pedro Cognato, María Michaeli, Domingo Cardinalis, Miguel Lupi, Juan Martini, Marina Marco— compran, venden, reparten, heredan viñas y tierras en lugares que se llaman Xana de Lardeza, Devesa, los Mangulares, Val de Fontanellas, Peral, la Rutella. Lugares que hoy tal vez sigan existiendo sin que ya nadie los nombre.
Más adelante, en los siglos XIV y XV, los documentos nos hablan de rentas, de pleitos, de contribuciones, de clérigos y prestameros que se disputan no tanto el poder como la parte que les corresponde de una herencia que se resiste a desaparecer. El catastro del Marqués de la Ensenada, en 1754, menciona nueve vecinos, una viuda, veintitrés casas habitables, un palomar, varias colmenas, algunos bueyes y cerdos, trigo, centeno, jornales a cuatro reales diarios. Y uno se pregunta si todo eso no sigue ahí, con otros nombres y otras formas, pero el mismo fondo: el de un lugar que vive sin ruido, como si bastara con existir, con custodiar lo que queda, con mantener vivo un secreto que no necesita ser revelado.
Madoz, en 1835, escribe que el clima es frío en invierno y caluroso en verano —lo que no es decir gran cosa, pero es exacto—, que se dan tercianas y pulmonías, y que la iglesia es matriz de la de Valdelafuente, servida por un cura de ingreso y libre colación. Dice también que hay arbolado, trigo, centeno, cebada, legumbres, algo de ganado y caza de codornices. Ocho vecinos. Cuarenta y seis almas. Un valle. Y, sobre todo, una forma de estar en el mundo sin reclamar atención.
Corbillos de la Sobarriba no aspira a ser recordado. Pero por eso mismo —por esa especie de humildad sin cálculo, por esa fidelidad sin urgencia— se convierte en uno de esos lugares que permanecen, que resisten incluso al olvido, porque han aprendido a estar sin hacerse notar. Y porque, quizás, han entendido lo que nosotros hemos olvidado: que lo esencial no se impone, no se vende, no se explica. Se guarda. Y basta.
No todas las iglesias, aunque lo parezcan, son iguales. Algunas se erigen para deslumbrar, otras para imponerse, y las hay que parecen hechas sólo para recordar a quien entre que existe algo más que ruido o prisa o actualidad. Pero hay otras —raras, hoy más que nunca— que no pretenden absolutamente nada, ni conmover ni impresionar ni siquiera sobrevivir al olvido, y acaso por eso mismo se mantienen en pie. Corbillos de la Sobarriba posee una de esas iglesias. Está situada entre Valdelafuente y Valdefresno, y no es que uno pase por allí sin querer, pero tampoco se llega exactamente por voluntad: se llega como se llega a ciertas cosas que parecen escogernos antes de que las escojamos.
Lo primero que se percibe es la espadaña de piedra, sobria, sin alarde, con esa arquitectura que no pretende adornar la función sino apenas sostenerla, como si supiera que más allá del tañido de sus campanas ya no hay nada que añadir. La iglesia está dedicada a San Esteban, y él la preside. La imagen del santo domina un retablo de estilo churrigueresco, pero de un churrigueresco contenido, casi recogido en sí mismo, como si el exceso hubiese sido corregido con los años o nunca del todo ejercido. Hay en él algo que recuerda a las iglesias castellanas que han aprendido a envejecer con dignidad, sin perder el alma en restauraciones que lo limpian todo pero no devuelven nada.
San Esteban está en pie, como corresponde a quien ha sido apedreado pero no ha caído, a quien ha sostenido su fe hasta el final sin necesidad de alzar la voz. Se le ve entero, entero en su martirio y entero en su figura. A su alrededor —en el mismo plano simbólico, aunque no en el mismo retablo— se encuentran otras tres obras, tres tablas al óleo que se conservan en la iglesia y que representan escenas que, al parecer, importaron mucho a quienes las encargaron. La Anunciación, con esa quietud tan difícil de lograr cuando todo depende de un gesto contenido, de una palabra apenas insinuada; San Roque lamido por los perros, imagen extraña de una caridad que no viene de los hombres; y la imposición de la casulla a San Ildefonso, con ángeles que no flotan sino que se inclinan, y con oro en los miembros y plata en una alabarda que ya casi no brilla pero aún dice lo que quiso decir. Pinturas del siglo XVI, entre lo flamenco y lo italiano, como si incluso en este lugar remoto las corrientes de Europa hubieran llegado en forma de pinceladas.
Pero lo que no se ve a primera vista —y que quizá sólo se percibe cuando uno permanece allí un rato, sin moverse, escuchando— es que esta iglesia ha sobrevivido no sólo por su arte sino por lo que representa: una continuidad silenciosa, una presencia que no se exhibe pero tampoco se retira. La documentación histórica confirma esa larga, larguísima permanencia. Ya en el año 977, Ramiro III hablaba de tierras cercanas y caminos que discurrían entre León y Tendesale, y también entre León y Corvellus, que no es otro que este Corbillos. La reina Urraca vende la villa en 1112; en 1124, Elvira dona heredades a una alberguía “en favor de los necesitados”. Y a lo largo del siglo XIII, decenas de nombres —Pedro Cognato, María Michaeli, Domingo Cardinalis, Miguel Lupi, Juan Martini, Marina Marco— compran, venden, reparten, heredan viñas y tierras en lugares que se llaman Xana de Lardeza, Devesa, los Mangulares, Val de Fontanellas, Peral, la Rutella. Lugares que hoy tal vez sigan existiendo sin que ya nadie los nombre.
Más adelante, en los siglos XIV y XV, los documentos nos hablan de rentas, de pleitos, de contribuciones, de clérigos y prestameros que se disputan no tanto el poder como la parte que les corresponde de una herencia que se resiste a desaparecer. El catastro del Marqués de la Ensenada, en 1754, menciona nueve vecinos, una viuda, veintitrés casas habitables, un palomar, varias colmenas, algunos bueyes y cerdos, trigo, centeno, jornales a cuatro reales diarios. Y uno se pregunta si todo eso no sigue ahí, con otros nombres y otras formas, pero el mismo fondo: el de un lugar que vive sin ruido, como si bastara con existir, con custodiar lo que queda, con mantener vivo un secreto que no necesita ser revelado.
Madoz, en 1835, escribe que el clima es frío en invierno y caluroso en verano —lo que no es decir gran cosa, pero es exacto—, que se dan tercianas y pulmonías, y que la iglesia es matriz de la de Valdelafuente, servida por un cura de ingreso y libre colación. Dice también que hay arbolado, trigo, centeno, cebada, legumbres, algo de ganado y caza de codornices. Ocho vecinos. Cuarenta y seis almas. Un valle. Y, sobre todo, una forma de estar en el mundo sin reclamar atención.
Corbillos de la Sobarriba no aspira a ser recordado. Pero por eso mismo —por esa especie de humildad sin cálculo, por esa fidelidad sin urgencia— se convierte en uno de esos lugares que permanecen, que resisten incluso al olvido, porque han aprendido a estar sin hacerse notar. Y porque, quizás, han entendido lo que nosotros hemos olvidado: que lo esencial no se impone, no se vende, no se explica. Se guarda. Y basta.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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