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Documentada desde el siglo X, Villacete guarda siglos de historia entre nombres ya olvidados, pleitos por caminos medievales y una economía tradicional recogida en el Catastro del siglo XVIII. Pero lo esencial está en lo que permanece: las imágenes que acompañan, la piedra que resiste, la belleza que no se exhibe.
Documentada desde el siglo X, Villacete guarda siglos de historia entre nombres ya olvidados, pleitos por caminos medievales y una economía tradicional recogida en el Catastro del siglo XVIII. Pero lo esencial está en lo que permanece: las imágenes que acompañan, la piedra que resiste, la belleza que no se exhibe.
Lo improbable también se esconde en las aldeas. No se espera encontrar a San Miguel Arcángel, con su lanza, su demonio rendido bajo el pie, y una expresión que mezcla firmeza y belleza, en un pueblo como Villacete. No porque no lo merezca, sino porque lo extraordinario —lo verdaderamente inspirado— parece haber sido reservado para catedrales, para retablos mayores, para capitales que presumen de historia. Y sin embargo, allí está: una talla renacentista de sorprendente calidad, que parece haber llegado desde Italia, o desde algún taller que supo mirar hacia Italia, y que alguien, en el silencio de esta tierra, decidió no dejar perder.
Junto a ella, sin rivalidad, reposan dos imágenes sedentes de la Virgen: una Virgen de los Remedios de finales del siglo XIII, dorada, policromada, con el Niño en brazos; y una Virgen del Rosario aún más tosca, aún más antigua, repintada hasta casi perder su gesto, pero intacta en su dignidad. Ambas comparten un espacio barroco de andas recargadas que contrasta con su sobriedad esencial. Son obras que no fueron nunca de museo, pero que han sido de altar. Y eso basta.
Poco ha quedado de la iglesia original, salvo su espadaña, que aún se alza en lo alto del cerro, sola, como testigo de lo que ya no es. Esa torre —ya en pie en tiempos tan tempranos como el año 984, cuando el rey Vermudo II dona “Villa Eziti” junto a Paradilla y Villa Gatón— servía de referencia a quienes llegaban desde Sanfelismo o Paradilla. Y todavía lo hace, no por necesidad, sino por fidelidad. Como si el pueblo le debiera algo. Como si la piedra supiera.
La nueva iglesia, más discreta, acoge estas reliquias no como museo, sino como refugio. En la sacristía aún sobrevive un San Roque dorado, un sagrario renacentista con la Santa Faz y una cruz procesional gótica de madera que tiembla en su esmalte. En las paredes cuelgan dos tablas pintadas: una Santa Lucía y dos santos anónimos. Nadie les reza ya, pero siguen allí. Persisten.
Villacete aparece ya en las fuentes más antiguas, aunque su nombre se disuelve entre variantes: “Villa Eziti”, “Villa Ablacet”, “Villa Citi”. En 943, Fofinus firma desde allí una donación al monasterio de Abeliar. En 979, se intercambian tierras en ese lugar. Y en 116, el obispo Diego de León menciona su ración en Villavelacet, junto con Paradilla y Valdefresno. El 24 de abril de 1120, diez vecinos declaran haber edificado con sus propias manos la iglesia de San Juan Bautista, y la entregan a Santa María de León. Nombres que ya nadie pronuncia: Petrus Cristofoliz, Dominicus Micaeliz, Martinus Petriz, Froila Domenquiz.
A lo largo de los siglos, la aldea atraviesa actos de usufructo, pleitos sobre caminos —como el de 1437, en que se regula el paso hacia el “Camino de Judíos”— y, finalmente, los interrogatorios del Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, donde se da cuenta de 11 casas, 8 vecinos y dos tejedores que trabajaban más la tierra que el telar. El cura, Antonio López, repartía los diezmos con la Catedral de León. Y los jornaleros ganaban cuatro reales al día, alimento incluido.
Hoy todo eso se ha desvanecido, pero el alma resiste. No en los archivos —que también—, sino en la mirada del San Miguel que aún pisa al demonio sin violencia. En la espadaña que persiste sin iglesia. En las imágenes que siguen allí no por arte, sino por compañía. Porque Villacete no ha sido escrito en la historia mayor, pero guarda la suya en cada yeso, en cada talla, en cada silencio. Y eso —tal vez— vale más.
Lo improbable también se esconde en las aldeas. No se espera encontrar a San Miguel Arcángel, con su lanza, su demonio rendido bajo el pie, y una expresión que mezcla firmeza y belleza, en un pueblo como Villacete. No porque no lo merezca, sino porque lo extraordinario —lo verdaderamente inspirado— parece haber sido reservado para catedrales, para retablos mayores, para capitales que presumen de historia. Y sin embargo, allí está: una talla renacentista de sorprendente calidad, que parece haber llegado desde Italia, o desde algún taller que supo mirar hacia Italia, y que alguien, en el silencio de esta tierra, decidió no dejar perder.
Junto a ella, sin rivalidad, reposan dos imágenes sedentes de la Virgen: una Virgen de los Remedios de finales del siglo XIII, dorada, policromada, con el Niño en brazos; y una Virgen del Rosario aún más tosca, aún más antigua, repintada hasta casi perder su gesto, pero intacta en su dignidad. Ambas comparten un espacio barroco de andas recargadas que contrasta con su sobriedad esencial. Son obras que no fueron nunca de museo, pero que han sido de altar. Y eso basta.
Poco ha quedado de la iglesia original, salvo su espadaña, que aún se alza en lo alto del cerro, sola, como testigo de lo que ya no es. Esa torre —ya en pie en tiempos tan tempranos como el año 984, cuando el rey Vermudo II dona “Villa Eziti” junto a Paradilla y Villa Gatón— servía de referencia a quienes llegaban desde Sanfelismo o Paradilla. Y todavía lo hace, no por necesidad, sino por fidelidad. Como si el pueblo le debiera algo. Como si la piedra supiera.
La nueva iglesia, más discreta, acoge estas reliquias no como museo, sino como refugio. En la sacristía aún sobrevive un San Roque dorado, un sagrario renacentista con la Santa Faz y una cruz procesional gótica de madera que tiembla en su esmalte. En las paredes cuelgan dos tablas pintadas: una Santa Lucía y dos santos anónimos. Nadie les reza ya, pero siguen allí. Persisten.
Villacete aparece ya en las fuentes más antiguas, aunque su nombre se disuelve entre variantes: “Villa Eziti”, “Villa Ablacet”, “Villa Citi”. En 943, Fofinus firma desde allí una donación al monasterio de Abeliar. En 979, se intercambian tierras en ese lugar. Y en 116, el obispo Diego de León menciona su ración en Villavelacet, junto con Paradilla y Valdefresno. El 24 de abril de 1120, diez vecinos declaran haber edificado con sus propias manos la iglesia de San Juan Bautista, y la entregan a Santa María de León. Nombres que ya nadie pronuncia: Petrus Cristofoliz, Dominicus Micaeliz, Martinus Petriz, Froila Domenquiz.
A lo largo de los siglos, la aldea atraviesa actos de usufructo, pleitos sobre caminos —como el de 1437, en que se regula el paso hacia el “Camino de Judíos”— y, finalmente, los interrogatorios del Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1753, donde se da cuenta de 11 casas, 8 vecinos y dos tejedores que trabajaban más la tierra que el telar. El cura, Antonio López, repartía los diezmos con la Catedral de León. Y los jornaleros ganaban cuatro reales al día, alimento incluido.
Hoy todo eso se ha desvanecido, pero el alma resiste. No en los archivos —que también—, sino en la mirada del San Miguel que aún pisa al demonio sin violencia. En la espadaña que persiste sin iglesia. En las imágenes que siguen allí no por arte, sino por compañía. Porque Villacete no ha sido escrito en la historia mayor, pero guarda la suya en cada yeso, en cada talla, en cada silencio. Y eso —tal vez— vale más.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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