Santibañez del Porma

Historia antigua y silenciosa
Play
Pause

Santibáñez del Porma es un pequeño pueblo de la Sobarriba que no presume de monumentalidad, pero guarda una historia antigua y silenciosa. Documentado ya en el siglo X, su nombre aparece en privilegios reales y eclesiásticos, señal de su importancia temprana como cruce y comunidad viva. Vestigios arqueológicos en parajes como Los Morales o La Cárcava de San Salvador hablan de un pasado aún más remoto.

Santibañez del Porma

Historia antigua y silenciosa
Play
Pause

Santibáñez del Porma es un pequeño pueblo de la Sobarriba que no presume de monumentalidad, pero guarda una historia antigua y silenciosa. Documentado ya en el siglo X, su nombre aparece en privilegios reales y eclesiásticos, señal de su importancia temprana como cruce y comunidad viva. Vestigios arqueológicos en parajes como Los Morales o La Cárcava de San Salvador hablan de un pasado aún más remoto.

Santibañez del Porma

Historia antigua y silenciosa
Play
Pause

Santibáñez del Porma es un pequeño pueblo de la Sobarriba que no presume de monumentalidad, pero guarda una historia antigua y silenciosa. Documentado ya en el siglo X, su nombre aparece en privilegios reales y eclesiásticos, señal de su importancia temprana como cruce y comunidad viva. Vestigios arqueológicos en parajes como Los Morales o La Cárcava de San Salvador hablan de un pasado aún más remoto.

Santibañez del Porma

Historia antigua y silenciosa

Hay lugares donde la historia no se impone con gritos ni estandartes, sino que se desliza, como el agua de un río al que uno da el apellido sin darse cuenta de que es él quien da forma al paisaje. Santibáñez del Porma es uno de esos lugares: no se alza, se extiende; no se muestra, se deja estar. Uno llega —a pie, en coche, con una mirada distraída— y puede creer que no hay nada especial. Hasta que el nombre comienza a resonar como una nota antigua, y entonces sí: entonces todo empieza a revelar su espesor.

trazo gris web

Ya en el año 916, Ordoño II mencionaba este enclave entre las iglesias que concedía a Santa María de León, con ese aire administrativo y distante de los documentos reales que, sin embargo, atestiguan que algo ya latía aquí. Santi Iohannis de Rivo Porma Fluvii, lo llama un texto del 29 de junio de 1120, cuando el obispo Diego de León reorganiza sus tributos. No era aún el pueblo que conocemos, pero ya existía como idea, como cruce de caminos, como punto en el mapa eclesiástico. Desde entonces —y quizá desde antes— hubo en este rincón del mundo una voluntad de permanecer.

Permanecen también los rastros del pasado más remoto, aunque no se vean a simple vista. En Los Morales, en La Cerra, en Los Villares, y más allá, en la Cárcava de San Salvador, hay huellas que no son sólo de tierra removida, sino de vidas pasadas que supieron —como los habitantes de ahora— que el silencio no es vacío, sino espera.

Y así ha esperado Santibáñez durante siglos, entre molinos desaparecidos y ruinas que apenas recuerdan su forma, hasta que un día alguien construyó una escuela. Porque aquí hay escuela, y eso es, en estos tiempos, un prodigio mayor que muchas iglesias: niños que aprenden con luz natural y entre árboles, sin más ruido que el del viento. De nueve a dos, y sin alardes.

La iglesia, que conserva poco de lo que fue —porque el siglo XX la restauró como quien intenta recordar sin saber qué—, aún guarda un retablo que parece saber más de lo que muestra. Dorado, de un solo cuerpo y tres calles, con un cristo crucificado en lo alto como coronación y advertencia. En el centro, la degollación de San Juan Bautista: un relieve tan explícito como eficaz, como si la fe tuviera a veces que recurrir a la crudeza para ser creída. A los lados, Santa Ana —con un dolor contenido en la madera— y San Antonio, menos expresivo, pero igualmente presente.

Dentro, en la sacristía, sobrevive una cruz procesional de madera dorada, gótica, algo olvidada y algo superviviente, como muchas cosas en este pueblo que no reclama atención, pero la merece.

En tiempos del Catastro de Ensenada (1752–1754), el cura Francisco Álvarez Rodríguez recibía dos tercios de los diezmos —trigo, centeno, linaza, lana, cerdos, corderos—, y el Obispado el resto. Había entonces 19 vecinos, una taberna arrendada a Juan Nicolás, un carpintero llamado Lucas Martínez y una economía que sobrevivía con lo justo y con lo de siempre: la tierra, los animales, el río.

En 1835, según Madoz, eran 44 vecinos y 144 almas. Había escuela de primeras letras, iglesia matriz, buenas aguas potables y tierras llanas que producían grano, lino, legumbres, y algo más valioso: la sensación de que el tiempo podía medirse no en relojes, sino en estaciones.

Hoy, Santibáñez del Porma no alza la voz, pero sigue diciendo. No conserva grandes monumentos, pero sí una forma de estar en el mundo que no necesita ser explicada. La historia se guarda aquí no en fechas, sino en ritmos. Y cada vez que uno entra en la iglesia y mira el relieve de San Juan degollado, cada vez que un niño cruza el umbral de la escuela, algo de ese ritmo vuelve a empezar.

Santibañez del Porma

Historia antigua y silenciosa

Hay lugares donde la historia no se impone con gritos ni estandartes, sino que se desliza, como el agua de un río al que uno da el apellido sin darse cuenta de que es él quien da forma al paisaje. Santibáñez del Porma es uno de esos lugares: no se alza, se extiende; no se muestra, se deja estar. Uno llega —a pie, en coche, con una mirada distraída— y puede creer que no hay nada especial. Hasta que el nombre comienza a resonar como una nota antigua, y entonces sí: entonces todo empieza a revelar su espesor.

trazo gris web

Ya en el año 916, Ordoño II mencionaba este enclave entre las iglesias que concedía a Santa María de León, con ese aire administrativo y distante de los documentos reales que, sin embargo, atestiguan que algo ya latía aquí. Santi Iohannis de Rivo Porma Fluvii, lo llama un texto del 29 de junio de 1120, cuando el obispo Diego de León reorganiza sus tributos. No era aún el pueblo que conocemos, pero ya existía como idea, como cruce de caminos, como punto en el mapa eclesiástico. Desde entonces —y quizá desde antes— hubo en este rincón del mundo una voluntad de permanecer.

Permanecen también los rastros del pasado más remoto, aunque no se vean a simple vista. En Los Morales, en La Cerra, en Los Villares, y más allá, en la Cárcava de San Salvador, hay huellas que no son sólo de tierra removida, sino de vidas pasadas que supieron —como los habitantes de ahora— que el silencio no es vacío, sino espera.

Y así ha esperado Santibáñez durante siglos, entre molinos desaparecidos y ruinas que apenas recuerdan su forma, hasta que un día alguien construyó una escuela. Porque aquí hay escuela, y eso es, en estos tiempos, un prodigio mayor que muchas iglesias: niños que aprenden con luz natural y entre árboles, sin más ruido que el del viento. De nueve a dos, y sin alardes.

La iglesia, que conserva poco de lo que fue —porque el siglo XX la restauró como quien intenta recordar sin saber qué—, aún guarda un retablo que parece saber más de lo que muestra. Dorado, de un solo cuerpo y tres calles, con un cristo crucificado en lo alto como coronación y advertencia. En el centro, la degollación de San Juan Bautista: un relieve tan explícito como eficaz, como si la fe tuviera a veces que recurrir a la crudeza para ser creída. A los lados, Santa Ana —con un dolor contenido en la madera— y San Antonio, menos expresivo, pero igualmente presente.

Dentro, en la sacristía, sobrevive una cruz procesional de madera dorada, gótica, algo olvidada y algo superviviente, como muchas cosas en este pueblo que no reclama atención, pero la merece.

En tiempos del Catastro de Ensenada (1752–1754), el cura Francisco Álvarez Rodríguez recibía dos tercios de los diezmos —trigo, centeno, linaza, lana, cerdos, corderos—, y el Obispado el resto. Había entonces 19 vecinos, una taberna arrendada a Juan Nicolás, un carpintero llamado Lucas Martínez y una economía que sobrevivía con lo justo y con lo de siempre: la tierra, los animales, el río.

En 1835, según Madoz, eran 44 vecinos y 144 almas. Había escuela de primeras letras, iglesia matriz, buenas aguas potables y tierras llanas que producían grano, lino, legumbres, y algo más valioso: la sensación de que el tiempo podía medirse no en relojes, sino en estaciones.

Hoy, Santibáñez del Porma no alza la voz, pero sigue diciendo. No conserva grandes monumentos, pero sí una forma de estar en el mundo que no necesita ser explicada. La historia se guarda aquí no en fechas, sino en ritmos. Y cada vez que uno entra en la iglesia y mira el relieve de San Juan degollado, cada vez que un niño cruza el umbral de la escuela, algo de ese ritmo vuelve a empezar.

Mapa circular La Sobarriba

Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

Mapa circular La Sobarriba

Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

logotipo La Sobarriba
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.