Sanfelismo

La memoria entre retablos
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El pueblo, con apenas una decena de casas y una economía mínima, no presume de grandeza, pero encarna una forma de resistencia tranquila: la de seguir siendo sin alardes, como quien conoce su valor sin necesidad de afirmarlo. Un lugar para quienes buscan autenticidad, quietud y permanencia.

Sanfelismo

La memoria entre retablos
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El pueblo, con apenas una decena de casas y una economía mínima, no presume de grandeza, pero encarna una forma de resistencia tranquila: la de seguir siendo sin alardes, como quien conoce su valor sin necesidad de afirmarlo. Un lugar para quienes buscan autenticidad, quietud y permanencia.

Sanfelismo

La memoria entre retablos

A veces lo que más dice de un lugar es precisamente aquello que nadie se ha molestado en guardar del todo, pero que tampoco se ha atrevido a desechar. Como esas dos tablas que cuelgan —más bien flotan— en los muros laterales de la iglesia de Sanfelismo, ni exhibidas ni escondidas, simplemente ahí, esperando. ¿Desde cuándo? No lo sabe nadie. Son renacentistas, se dice. O al menos lo eran, antes de que el tiempo, la humedad, los insectos y cierta forma de desinterés rural las convirtieran en espectros pictóricos. Una representa un Calvario, la otra una Adoración, aunque hoy ya apenas se distingan los perfiles. Y, sin embargo, ahí están. Persisten. Como quien, olvidado, todavía respira.

trazo gris web

Quien entre en el templo con esa idea —la de una ruina progresiva, la de una fe marchita— se equivoca. Porque Sanfelismo, como tantos otros pueblos discretos de esta Sobarriba dispersa, guarda lo suyo sin necesidad de custodiarlo. No lo muestra, no lo oculta. Está. Y estar ya es una forma de resistencia. El presbiterio acoge una figura del Salvador, de gesto severo, que no parece mirar a los fieles, sino al pasado. No es una imagen dramática, ni siquiera devocional en el sentido moderno. Es un Cristo gótico, de proporciones sólidas, que impone no por su expresividad sino por su gravedad, como si supiera algo que no va a compartir.

Frente a él, en el lateral izquierdo, un pequeño Calvario sin policromía aún transmite —desde su despojamiento— el dolor esencial, el que no necesita color para doler. Ese dolor callado que no busca compasión, sino respeto. Porque en Sanfelismo no hay grandes proclamas: todo lo que sobrevive lo hace en voz baja.

Y sin embargo, justo cuando uno cree haber comprendido esa contención, aparece el retablo mayor. De estilo rococó, sí, pero contenido. Tres calles, un cuerpo, un sobreático que más que coronar parece suspender. En su centro, un altorrelieve de Jesús entre los doctores. Una escena curiosamente poco milagrosa, más intelectual que sagrada, como si se tratara de un episodio de conversación más que de revelación. A su lado, San Justo y San Pastor, niños mártires de una fe sin adornos, encarnan esa mezcla leonesa de ternura y firmeza que rara vez se encuentra en otras latitudes.

Pero la joya —la verdadera joya, si es que se puede usar esa palabra sin herir el tono de todo esto— está en un rincón del retablo, discretamente colocada. Una Virgen de la Guía de finales del siglo XIII, sedente, con el Niño apoyado en su rodilla izquierda. Mide poco más de medio metro. Ha sido repintada con torpeza, con los colores de una devoción mal entendida, como suelen hacer los siglos que no entienden de arte. Pero ahí está. Su rostro, esquemático y grave, aún conserva esa dulzura que no busca agradar, sino asistir. Hay en ella una presencia que no necesita volumen. Una fe sin énfasis.

Completa la escena un San Antonio, barroco, que parece cansado de haber sobrevivido a tanta carcoma y tanto olvido. Y una Virgen del Rosario, relegada al lateral, como tantas presencias que en apariencia no cuentan, pero sin las cuales todo se desmoronaría.


Sanfelismo —decíamos— no proclama. No ha construido monumentos. No ha esculpido leyendas. Ha dejado que sus imágenes, sus maderas, sus fragmentos hablen en su lugar. Y eso hacen. Hablan. No de grandeza, sino de permanencia. Porque la historia del pueblo no se lee en placas ni se celebra en aniversarios. Se adivina en lo que queda. En las tallas pequeñas, en los sagrarios usados, en las colmenas que siguen rindiendo dos reales al año, en los palomares que aún producen lo justo. En los nombres que se repiten: Alonso, Gutiérrez, Fernández. En la iglesia que comparte cura con Paradilla. En el monte que lo protege sin anunciarlo.


Incluso en sus cifras mínimas —los diez vecinos, la docena de casas, las cargas de trigo, los bueyes y jumentos— hay una especie de equilibrio: no son abundancia ni miseria, sino persistencia. Como si aquí se hubiera entendido que lo importante no es ser mucho, sino durar. Y durar sin alarde.


Porque hay pueblos que resisten haciendo ruido. Y otros, como Sanfelismo, que lo hacen quedándose quietos.

Sanfelismo

La memoria entre retablos

A veces lo que más dice de un lugar es precisamente aquello que nadie se ha molestado en guardar del todo, pero que tampoco se ha atrevido a desechar. Como esas dos tablas que cuelgan —más bien flotan— en los muros laterales de la iglesia de Sanfelismo, ni exhibidas ni escondidas, simplemente ahí, esperando. ¿Desde cuándo? No lo sabe nadie. Son renacentistas, se dice. O al menos lo eran, antes de que el tiempo, la humedad, los insectos y cierta forma de desinterés rural las convirtieran en espectros pictóricos. Una representa un Calvario, la otra una Adoración, aunque hoy ya apenas se distingan los perfiles. Y, sin embargo, ahí están. Persisten. Como quien, olvidado, todavía respira.

trazo gris web

Quien entre en el templo con esa idea —la de una ruina progresiva, la de una fe marchita— se equivoca. Porque Sanfelismo, como tantos otros pueblos discretos de esta Sobarriba dispersa, guarda lo suyo sin necesidad de custodiarlo. No lo muestra, no lo oculta. Está. Y estar ya es una forma de resistencia. El presbiterio acoge una figura del Salvador, de gesto severo, que no parece mirar a los fieles, sino al pasado. No es una imagen dramática, ni siquiera devocional en el sentido moderno. Es un Cristo gótico, de proporciones sólidas, que impone no por su expresividad sino por su gravedad, como si supiera algo que no va a compartir.

Frente a él, en el lateral izquierdo, un pequeño Calvario sin policromía aún transmite —desde su despojamiento— el dolor esencial, el que no necesita color para doler. Ese dolor callado que no busca compasión, sino respeto. Porque en Sanfelismo no hay grandes proclamas: todo lo que sobrevive lo hace en voz baja.

Y sin embargo, justo cuando uno cree haber comprendido esa contención, aparece el retablo mayor. De estilo rococó, sí, pero contenido. Tres calles, un cuerpo, un sobreático que más que coronar parece suspender. En su centro, un altorrelieve de Jesús entre los doctores. Una escena curiosamente poco milagrosa, más intelectual que sagrada, como si se tratara de un episodio de conversación más que de revelación. A su lado, San Justo y San Pastor, niños mártires de una fe sin adornos, encarnan esa mezcla leonesa de ternura y firmeza que rara vez se encuentra en otras latitudes.

Pero la joya —la verdadera joya, si es que se puede usar esa palabra sin herir el tono de todo esto— está en un rincón del retablo, discretamente colocada. Una Virgen de la Guía de finales del siglo XIII, sedente, con el Niño apoyado en su rodilla izquierda. Mide poco más de medio metro. Ha sido repintada con torpeza, con los colores de una devoción mal entendida, como suelen hacer los siglos que no entienden de arte. Pero ahí está. Su rostro, esquemático y grave, aún conserva esa dulzura que no busca agradar, sino asistir. Hay en ella una presencia que no necesita volumen. Una fe sin énfasis.

Completa la escena un San Antonio, barroco, que parece cansado de haber sobrevivido a tanta carcoma y tanto olvido. Y una Virgen del Rosario, relegada al lateral, como tantas presencias que en apariencia no cuentan, pero sin las cuales todo se desmoronaría.

Sanfelismo —decíamos— no proclama. No ha construido monumentos. No ha esculpido leyendas. Ha dejado que sus imágenes, sus maderas, sus fragmentos hablen en su lugar. Y eso hacen. Hablan. No de grandeza, sino de permanencia. Porque la historia del pueblo no se lee en placas ni se celebra en aniversarios. Se adivina en lo que queda. En las tallas pequeñas, en los sagrarios usados, en las colmenas que siguen rindiendo dos reales al año, en los palomares que aún producen lo justo. En los nombres que se repiten: Alonso, Gutiérrez, Fernández. En la iglesia que comparte cura con Paradilla. En el monte que lo protege sin anunciarlo.

Incluso en sus cifras mínimas —los diez vecinos, la docena de casas, las cargas de trigo, los bueyes y jumentos— hay una especie de equilibrio: no son abundancia ni miseria, sino persistencia. Como si aquí se hubiera entendido que lo importante no es ser mucho, sino durar. Y durar sin alarde.

Porque hay pueblos que resisten haciendo ruido. Y otros, como Sanfelismo, que lo hacen quedándose quietos.

Mapa circular La Sobarriba

Rutas y Actividades

Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.

Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.

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