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Escribir sobre una comarca es, en cierta forma, inventarla. Porque trazar sus contornos en el tiempo exige más que coordenadas o lindes: implica darle forma a una geografía de la memoria, de silencios y de huellas invisibles. La Sobarriba —ese nombre antiguo que significa literalmente “sobre la ribera”— se extiende, no como una frontera precisa, sino como una meseta de páramos suaves, entre los ríos Porma y Torío. Una tierra de paso, de tránsito callado, donde la historia ha dejado rastros más sugeridos que proclamados.
Escribir sobre una comarca es, en cierta forma, inventarla. Porque trazar sus contornos en el tiempo exige más que coordenadas o lindes: implica darle forma a una geografía de la memoria, de silencios y de huellas invisibles. La Sobarriba —ese nombre antiguo que significa literalmente “sobre la ribera”— se extiende, no como una frontera precisa, sino como una meseta de páramos suaves, entre los ríos Porma y Torío. Una tierra de paso, de tránsito callado, donde la historia ha dejado rastros más sugeridos que proclamados.
Como ocurre en tantos lugares sin grandes accidentes naturales que impongan fronteras, sus límites han variado con los siglos, y su historia no se cuenta tanto por monumentos como por retazos: un canto tallado, un nombre repetido en documentos dispersos, la toponimia que resiste en las bocas del presente. Hay algo de bruma antigua en esta comarca, algo que obliga al estudioso a mirar más allá de las certezas. Porque aquí, más que en otros lugares, la historia ha sido esquiva, y son pocos los vestigios arqueológicos que nos permiten fijarla con precisión. Y, sin embargo, existe.
El municipio de Valdefresno —epicentro de esta comarca— se asienta en lo alto de esta meseta, a 849 metros de altitud, sobre una extensión de 102,54 km². El paisaje, sobrio, casi ascético, fue antaño más tupido. Así lo describe Pascual Madoz en 1835, cuando aún encontraba masas de encinar y robledal en Villacete. La tala progresiva de estos bosques, impulsada por la necesidad de madera, transformó su fisonomía, dejando a la intemperie esa llanura parda que hoy reconocemos.
En este espacio viven más de 2.000 habitantes repartidos en veinte núcleos que, como cuentas de un collar diseminado, mantienen la unidad de lo diverso: Arcahueja, Carbajosa, Corbillos de la Sobarriba, Golpejar de la Sobarriba, Navafría, Paradilla, Sanfelismo, Santa Olaja, Santibáñez de Porma, Santovenia del Monte, Solanilla, Tendal, Valdefresno, Valdelafuente, Villacete, Villacil, Villafeliz, Villalboñe, Villaseca y Villavente.
Porque aquí, bajo el páramo, duerme la prehistoria. Y aunque la geología no ha sido generosa con la conservación de sus restos, sabemos —por deducción o por hallazgo parcial— que ya hubo humanos en estas tierras hace 150.000 años. El yacimiento de Valdelamora, entre Villacete, Paradilla y Sanfelismo, conserva fragmentos de esa humanidad primitiva: lascas de cuarcita sin pulir, olvidadas por un tiempo anterior a cualquier palabra. Más tarde, en el Neolítico y la Edad del Bronce, se intuyen asentamientos más estables, con silos de grano, cercas de barro y estructuras rudimentarias. Es una historia fragmentaria, como todas las historias verdaderas.
Con la Edad del Hierro llegó la huella celta: viviendas de adobe, mojones de piedra —los “cantones”— que marcaban territorios, nombres como Trasdecastrillo o Castrillino que aún resuenan. Algunos de estos mojones sobreviven, apenas visibles, como el de la senda entre Sanfelismo y Paradilla, o el que descansa, oculto bajo cemento, en Los Ajos. Y es que muchas veces, en La Sobarriba, la historia no se destruye: se entierra.
A finales del siglo I a.C., los astures se enfrentaron a Roma en la batalla de Lancia, y la Legio VII Gémina se instaló en León para consolidar la conquista. La Vía I del Itinerario de Antonino cruzaba la comarca desde Sahagún, pasando por Puente Villarente y lo que hoy es Valdefresno, hasta llegar a Astorga. Era una calzada de imperio que recorría un mundo de aldeas humildes, de campos aún sin nombre.
La caída del imperio trajo siglos de sombras. Pero en esa penumbra comenzó a tejerse el mapa humano que conocemos. Entre los siglos VIII y X, los reyes asturleoneses promovieron una nueva repoblación. Vinieron mozárabes huyendo del sur, campesinos del norte, gentes que buscaban tierra y amparo. Fundaron pueblos cuyos nombres aún resuenan en las escrituras medievales, aunque a veces cueste distinguir a qué Villaseca o a qué Santovenia se refieren los documentos.
Las instituciones que surgieron entonces han perdurado en forma de juntas vecinales, herederas del Conventus Publicus Vecinorum visigodo. Y frente a los abusos del poder eclesiástico o nobiliario, se organizaron los concejos y las hermandades, como la Hermandad de la Sobarriba, que unió a estos pueblos en defensa de su dignidad. Valdefresno fue parte activa de esa alianza, que aún conserva el eco de su voto a Nuestra Señora del Camino, patrona del viejo Reino de León.
Porque La Sobarriba no es solo una comarca: es una forma de estar en la tierra. De saberse parte de un tiempo que no se mide en fechas, sino en la persistencia de un nombre, en la campana de una iglesia, en el recuerdo de un camino. Una comarca sin estridencias, de horizontes anchos y memoria profunda. Una historia que no se impone, sino que se deja oír, como el rumor de los dos ríos que la abrazan.
Como ocurre en tantos lugares sin grandes accidentes naturales que impongan fronteras, sus límites han variado con los siglos, y su historia no se cuenta tanto por monumentos como por retazos: un canto tallado, un nombre repetido en documentos dispersos, la toponimia que resiste en las bocas del presente. Hay algo de bruma antigua en esta comarca, algo que obliga al estudioso a mirar más allá de las certezas. Porque aquí, más que en otros lugares, la historia ha sido esquiva, y son pocos los vestigios arqueológicos que nos permiten fijarla con precisión. Y, sin embargo, existe.
El municipio de Valdefresno —epicentro de esta comarca— se asienta en lo alto de esta meseta, a 849 metros de altitud, sobre una extensión de 102,54 km². El paisaje, sobrio, casi ascético, fue antaño más tupido. Así lo describe Pascual Madoz en 1835, cuando aún encontraba masas de encinar y robledal en Villacete. La tala progresiva de estos bosques, impulsada por la necesidad de madera, transformó su fisonomía, dejando a la intemperie esa llanura parda que hoy reconocemos.
En este espacio viven más de 2.000 habitantes repartidos en veinte núcleos que, como cuentas de un collar diseminado, mantienen la unidad de lo diverso: Arcahueja, Carbajosa, Corbillos de la Sobarriba, Golpejar de la Sobarriba, Navafría, Paradilla, Sanfelismo, Santa Olaja, Santibáñez de Porma, Santovenia del Monte, Solanilla, Tendal, Valdefresno, Valdelafuente, Villacete, Villacil, Villafeliz, Villalboñe, Villaseca y Villavente.
Porque aquí, bajo el páramo, duerme la prehistoria. Y aunque la geología no ha sido generosa con la conservación de sus restos, sabemos —por deducción o por hallazgo parcial— que ya hubo humanos en estas tierras hace 150.000 años. El yacimiento de Valdelamora, entre Villacete, Paradilla y Sanfelismo, conserva fragmentos de esa humanidad primitiva: lascas de cuarcita sin pulir, olvidadas por un tiempo anterior a cualquier palabra. Más tarde, en el Neolítico y la Edad del Bronce, se intuyen asentamientos más estables, con silos de grano, cercas de barro y estructuras rudimentarias. Es una historia fragmentaria, como todas las historias verdaderas.
Con la Edad del Hierro llegó la huella celta: viviendas de adobe, mojones de piedra —los “cantones”— que marcaban territorios, nombres como Trasdecastrillo o Castrillino que aún resuenan. Algunos de estos mojones sobreviven, apenas visibles, como el de la senda entre Sanfelismo y Paradilla, o el que descansa, oculto bajo cemento, en Los Ajos. Y es que muchas veces, en La Sobarriba, la historia no se destruye: se entierra.
A finales del siglo I a.C., los astures se enfrentaron a Roma en la batalla de Lancia, y la Legio VII Gémina se instaló en León para consolidar la conquista. La Vía I del Itinerario de Antonino cruzaba la comarca desde Sahagún, pasando por Puente Villarente y lo que hoy es Valdefresno, hasta llegar a Astorga. Era una calzada de imperio que recorría un mundo de aldeas humildes, de campos aún sin nombre.
La caída del imperio trajo siglos de sombras. Pero en esa penumbra comenzó a tejerse el mapa humano que conocemos. Entre los siglos VIII y X, los reyes asturleoneses promovieron una nueva repoblación. Vinieron mozárabes huyendo del sur, campesinos del norte, gentes que buscaban tierra y amparo. Fundaron pueblos cuyos nombres aún resuenan en las escrituras medievales, aunque a veces cueste distinguir a qué Villaseca o a qué Santovenia se refieren los documentos.
Las instituciones que surgieron entonces han perdurado en forma de juntas vecinales, herederas del Conventus Publicus Vecinorum visigodo. Y frente a los abusos del poder eclesiástico o nobiliario, se organizaron los concejos y las hermandades, como la Hermandad de la Sobarriba, que unió a estos pueblos en defensa de su dignidad. Valdefresno fue parte activa de esa alianza, que aún conserva el eco de su voto a Nuestra Señora del Camino, patrona del viejo Reino de León.
Porque La Sobarriba no es solo una comarca: es una forma de estar en la tierra. De saberse parte de un tiempo que no se mide en fechas, sino en la persistencia de un nombre, en la campana de una iglesia, en el recuerdo de un camino. Una comarca sin estridencias, de horizontes anchos y memoria profunda. Una historia que no se impone, sino que se deja oír, como el rumor de los dos ríos que la abrazan.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
Descubre la Sobarriba a través de un recorrido inolvidable por su patrimonio, cultura y paisajes. La Ruta Cultural de la Sobrarriba ofrece visitas guiadas y explicaciones detalladas en varios puntos de interés, combinando historia, arquitectura, tradiciones y naturaleza en una experiencia única.
Cada ruta está diseñada para adaptarse a diferentes tipos de viajeros: desde caminantes y ciclistas hasta quienes prefieren rutas a caballo o incluso en globo aerostático. Acompáñanos en un viaje en el tiempo y adéntrate en los secretos de una tierra que ha sido testigo de siglos de historia.
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